sábado, febrero 24, 2018

Adiós a todo eso

L se suicidó el viernes 26 de enero por la mañana. Lo encontraron colgado, todavía vivo, ya sin oxígeno en su cerebro. Y estuvo vivo, si podemos decirlo así, conectado a las máquinas hasta el martes 30. Todavía un mes después tenía su número entre mis favoritos en el teléfono, la foto en la que estamos abrazados en el comedor de su casa, listos para ir a un concierto de Paquito de Rivera.
L no resistió estar un instante más entre nosotros y de alguna manera todos deberíamos sentirnos responsables por eso, incluyendo por supuesto a sus amigos. Pero es estúpido pensar de ese modo. Qué mano lo hubiera retenido si su hija pequeña no pudo. Todavía no lo puedo pensar con claridad. La vida se nos vuelve del todo ilegible, esto lo dije en otro lado cuando las máquinas lo mantenían respirando artificialmente. La muerte así, de alguien como él, nos trastorna, no nos permite ver ni entender nada con certeza. 
El acto suicida elimina toda interrogante: el vacío que deja supera cualquier deseo de querer saber.
Es el final, un adiós a todo eso.
Supongo que tendrá por fuerza que llegar ese día en el que dejemos de preguntarnos de una vez cómo ha podido ocurrir una muerte así. Y aún entonces seguiremos sin entender nada.
La sensación de que no es el final de lo terrible sino apenas el comienzo de una estación gélida que nos va a dejar marcados para siempre.
La vida es el invierno, dijo Bernhard.

II
M y yo hicimos un viaje largo y tristísimo el mismo día en el que se decidió desconectarlo de las máquinas, su corazón todavía latiendo, pero su cerebro ya sin funcionar. Todo lo que vimos en la que fue su casa era su ausencia, también la nuestra futura en un lugar tan frecuentado y querido para nosotros desde que llegamos allí por primera vez. Vimos un vacío tan enorme que los abrazos a Y, su mujer, y el llanto de todos frente a ella, a veces fuerte, a veces deshecha, no podía abarcar.
Ese día escribí una breve nota que despertó la reacción un tanto airada de un amigo suyo. No conocía a esa persona ni L me había hablado nunca de él. Me recordaba ese amigo que él y otro más eran los únicos amigos verdaderos de L y que yo solamente buscaba el goce fácil de algunos likes, decía también que mi nota era demasiado poética (una acusación de poeta o intelectual justo ahora, como recuerda Barthes en una nota al pie en su Diario de duelo) y que ahora sólo debíamos ayudar a la familia de L. Después intentaba rectificar en un segundo mensaje, donde me dejó la impresión de que con el primero no había reparado en el dolor que M y yo sentíamos, además del desconcierto cuando no somos capaces de comprender algo tan terrible. No respondí sus mensajes porque, en verdad, no tenía ánimo para interactuar con nadie y porque nadie tiene derecho a cuestionar el dolor del otro; todo lo imaginamos a partir de la caída, dice Kafka en alguna parte.
Pero sí gracias a eso recordé el universo tan plural de las amistades de L, algunas comunes, la mayoría no. Algunas respondían a su etapa habanera, donde había colaborado como periodista independiente con el poeta Raúl Rivero. L casi no hablaba, no conmigo, de esa etapa de su vida. Era como si no le diera demasiada importancia o la considerara parte de un pasado en el que no había necesidad de insistir, quizás madurar es eso. Lo cierto es que nuestras conversaciones, y fueron muchas, giraron sobre los temas más diversos, pero siempre se fraguaron en torno a la literatura. Compartíamos manías librescas y creo que L era un lector bastante disciplinado, con más libros en inglés que en español, pero siempre pensé que como escritores y lectores estábamos en las antípodas y que también por eso nos habíamos hecho grandes amigos. L insistía en sus historias de costumbres criollas, pueblerinas, de situaciones graciosas y personajes bordes y enloquecidos; su percepción de la literatura difería de la mía y continuamente hacíamos chistes sobre el tema. Lo que no era comprensible para él no merecía la pena y yo le repetía siempre lo mismo, que el acto de leer tenía que ir más allá de toda comprensión, y creo que por eso no me consideraba un lector, un destinatario de sus cuentos.
Entre los comentarios a esa nota, había algunos de sus ex alumnos y otros conocidos. No sé a derechas cómo llegaron a mi muro, sospecho que se corrió la voz de su muerte y pusieron su nombre en el buscador. “Rest easy, Mr. E”, así lo despedían. La frase corta y ligera, en un momento de tanta gravedad, no tiene sentido en su traslación literal al español. Que el descanso le sea leve, podríamos aventurar la traducción.
Pero no, no hay ninguna levedad en nada de esto. Es como si uno se dejara llevar por el morbo idiota de querer saber si hay un secreto supremo detrás del suicidio de L. O corroborar que tenían razón sobre el suicidio en Inglaterra o Noruega: es el invierno, siempre húmedo, nebuloso y triste, hasta en las llanuras de Texas es así. Por no mencionar a quienes hacen de las interpretaciones morales del suicidio un nuevo caso para los inspectores del fundamentalismo. Ninguna levedad, cero likes.

III
No voy a tener un lugar donde ir a hablarles a los restos de mi amigo porque de un tiempo a hoy lo que se estila es la cremación, que por todo resto deja cenizas. Y muchas veces esos polvos tienen como destino el mar o un descampado o la ladera de una montaña o alguna rivera asociada a la infancia, mil sitios probables. Sumar a eso la condición del exiliado, nadando siempre en aguas no conocidas, habitando un no lugar, enseñando una lengua en la que nadie te lee.
Todo conspira. Mi buen amigo no existe más y su lugar entre nosotros ha cedido paso a un vacío y a una pregunta que no encuentra respuesta. En estos tiempos nadie piensa mucho en un lugar asociado al reposo de quien nos ha dejado y a donde podamos acudir a recordarlo y hablarle. Un becqueriano lugar “donde habite el olvido”, a la intemperie de todas nuestras soledades, lejos ya de las preguntas y los reproches. Nuestro tránsito por la vida puede ser precario, o no, pero tras ella, tras la muerte, reconforta un poco saber que podemos reencontrarnos con nuestros propios pensamientos dedicados al amigo que ha partido, al que no pudimos entender ni mucho menos ayudar para que no se matara.
Uno tiende a veces a creer que una persona que deja de fumarse un tabaco cada viernes porque le acelera la caída del pelo no piensa en matarse.
Que tampoco se mata quien no se toma un medicamento para no sufrir sus efectos secundarios.
O quien tiene una hija de ocho años que lo adora, que tiene en su padre su gran vehículo de relación con el mundo.
Y es falso, es todo mentira.
Sí se mata.
Mi amigo L lo hizo.
De ahí la magnitud de su tragedia y también de nuestra amputación, la incapacidad para comprender lo que ha hecho.

IV
El suicidio de L me ha entristecido en lo más profundo y me veo como un mutilado que no piensa más que en la voracidad omnipresente y atroz de la muerte. Es resultado, sobre todo, me digo, del absurdo de su partida, el imperceptible susurro del que muere frente a la algarabía del estar vivo.
Como si en cada piedra avistada en el camino el fantasma de Lorca nos recordara lo lejos que está Dios de nosotros.
Tras la muerte de un ser querido, amigo entrañable, su voz y su recuerdo quedan como suspendidos, como gravitando, y su nombre ya no lo pronunciamos, ya no podemos, pues es poco menos que la confirmación de nuestra culpa y nuestra fugacidad, y la distancia que se impone entre su oscuridad y la nuestra.
Sin embargo, creo, con Camus, que matarse es confesar, dejarnos saber que la vida lo aniquiló, lo sobrepasó. Ese amigo del que habla Camus en El mito de Sísifo pude ser yo, que recibí sus mensajes sin interpretar que me (nos) estaba pidiendo ayuda y es muy injusto hoy culparlo de haber destrozado, con su partida, la vida de los otros si no nos atrevemos a reconocer nuestra propia responsabilidad. L enfermó de algo tan oscuro e incomprensible como su suicidio y no encontró otro remedio. Todavía un mes después de su muerte recibo llamadas para saber si algo nuevo ha salido a la luz y qué puedo responder si ya todo es invierno y silencio, y francamente de qué nos sirve.
Hay desde luego una mínima esperanza de reencuentro con los que han partido, o al menos eso leemos en aquella carta que Lezama le envía a María Zambrano cuando muere Araceli y él la imagina devastada, sin fuerzas. Lezama quiere que ella piense, de paso nosotros con ella, que hay un retorno ya sea gaseoso, y que eso nos consuela porque “nacemos antes de nacer y morimos antes de morir”. Lezama escribe eso en el peor momento de su biografía, ya anciano y con pocos lectores, escasos amigos, ningún reconocimiento.
No nos fue dado saber si hay reencuentro. Pero sí podemos acaso reflexionar aunque sea un poco sobre nuestra propia pobre condición humana. No vivimos sino deseando la muerte. Es absurdo que la vida nos haga acumular años: nada está justificado sin la resistencia a la finitud. Por eso en realidad no llegamos a entender actos suicidas que de otro modo nos pondrían en disyuntivas demasiado severas ante nuestra falta de argumentos y herramientas para entender el problema.
Una descripción de la infelicidad conlleva la posibilidad de su superación, nos dice Sebald, pero es muy probable que sólo lo entendamos en el sentido del que habla Lezama en esa carta adulta, de que la muerte termina engendrándonos a todos de nuevo, aunque sea en un espacio indefinible como la memoria, pues los seres que amamos para nosotros nunca están demasiado lejos.
El secreto del que mi amigo no me hablaba era éste.



martes, enero 23, 2018

Hienas

Salgo de aquel lugar, lo diría Bunin, “como si acabaras de contraer una enfermedad grave”, preguntándome con cuántos habrán hecho lo mismo, cuántos habrán accedido a colaborar y de qué se trata en realidad, en términos prácticos, esa colaboración, qué esperaban de mí. Y con la entera certeza de que hice lo correcto al no intentar ningún tipo de debate o diálogo con quienes se muestran resistentes a toda crítica, impermeables a toda muerte.
No sé si fui otro después de aquella reunión. Mi particular caverna de los horrores. Es probable que no.
Era como si la ciudad, igual que aquella Cartago de Cayo Graco, se hubiera ido llenando de un tipo de animal no necesariamente extraño, pero que no eran perros, los perros del Capitolio, sino hienas.
En Hypermedia Magazine.

martes, septiembre 26, 2017

Legna

Legna Rodríguez Iglesias, en (al menos) un libro anterior, describía con cierto nivel de detalle un caso de leucemia, dos personajes establecían un nexo a partir de una enfermedad terminal. Esto es: La enfermedad como nomos, un ente al margen de, digamos, toda moral. La enfermedad como la roca inexplorada del joyceano mar de la murmuria. 
Mis notas a partir de la lectura de un libro de Mi novia preferida fue un bulldog francés. En Hypermedia Magazine.

domingo, septiembre 10, 2017

Lecturas

Es septiembre y llegué a veintiséis libros leídos en lo que va de 2017. Me metí de nuevo en eso del Reading Challenge de Goodreads. Y sin saber muy bien por qué. Pero lo volvería a hacer.
Siempre estoy con eso de la lectura y el cómo leemos. Hubo un verano cubano de los noventas en los que me leí como cincuenta libros en menos de tres meses. Récord personal entre apagones, lo cual tiene su mérito. Ahora me pongo cincuenta como meta para todo el año y en septiembre apenas he llegado a veintiséis. Pero son sólo los que he terminado.
Hay libros que se consultan, otros que se leen a saltos, otros que no te atrapan y deben esperar por una segunda oportunidad, si llega. En el apartado de los que tienen que ver con lo que estás escribiendo hay una columna que crece.
Yo creo que una biblioteca privada, una de más de mil doscientos volúmenes (trato poco a poco de llevar un catálogo, no sé si lo conseguiré, es trabajo arduo), como la que tengo ahora, condiciona mi modo de leer, demasiadas voces, demasiadas deudas, demasiada compañía. Casi todas las semanas me llegan nuevos libros, algunos los devoro, otros pasan a la lista de espera. No hay mucho método. ¿Pero puede en propiedad haberlo?
Saco bastante provecho de las bibliotecas universitarias y su sistema de préstamo, que es muy eficiente. Pero éstas proveen otro tipo de lectura: libros que están descatalogados, que no se han vuelto a imprimir, que guardan alguna relación con lo que estás trabajando ahora y no están a la venta, o no te interesa conservarlos porque tu relación con ellos es efímera. Esos deberían tener prioridad y la han tenido.
Pero a decir verdad nunca fui mucho de bibliotecas públicas, sólo un poco ahora. He creído siempre en la posibilidad (o no sé si necesidad) de vivir rodeado de libros, o ni siquiera de modo tan tajante o definitorio, sencillamente los he visto como incorporados a un mundo que no fluye igual sin ellos.

domingo, junio 11, 2017

Universidades

Si las universidades públicas norteamericanas no conocen que es una práctica muy común en Cuba la expulsión de estudiantes y profesores no simpatizantes con el régimen, lo menos que podría decirse es que están desinformadas. Pero si lo conocen y aun así insisten en firmar convenios de colaboración con esas instituciones, deberán esperar la repulsa y la crítica por utilizar fondos del contribuyente para someter a los estudiantes a una agenda tan distante de un legítimo "intercambio cultural" y tan próximo a los dictados de la praxis política del Gobierno cubano.
Seguir leyendo en Diario de Cuba.
Disponible también en inglés.

viernes, junio 09, 2017

Estanque

Fuimos a tirar piedras a un estanque cerca de casa, menos de media milla a pie. Abraham en bicicleta, autos pasando lentamente, y en mi teléfono aparecían notificaciones. Un amigo se retrata en Stamford Bridge. Otro pide una receta. Y otro lamente la muerte de no sé quién en Cuba.
Oh, Cuba, siempre Cuba.
Yo no conocí a este Rodríguez que acaba de morir en La Habana. Mas lo recuerdo de la horrenda televisión cubana hablando de libros sin saber hablar que es saber comunicar.
Sin embargo, lo tengo por típico escritorzuelo cautivo, crítico duro de gente mucho más digna que él, como la poeta Reina María Rodríguez. Lo tengo por alguien que no supo cómo ser libre y mucho menos supo, por tanto, cómo debimos los cubanos luchar para ser menos cautivos.
Algunos que lo conocieron –o fueron sus alumnos, que según cuentan también se dio a perpetrar clases–, lamentan su deceso como si de un gran intelectual se tratara. Cada cual porta su pequeñísima bolsa de historias menores. Que si escribió una novela con Wichy Nogueras. Que si era amigo de aquel trovador, reconvertido en otro ente miserable por obra y desgracia de una misma devoción por caudillos caribeños.
Si se trata de ser libres, de creerse en verdad libres, no habrá nada que lamentar entonces. 
Nada que lamentar. 
Vayamos a por esas lecturas. 
Y luego a la mesa y desde luego a la cama.


lunes, mayo 01, 2017

viernes, marzo 03, 2017

Cine

Los realizadores de la serie The Man In The High Castle desecharon la borgeana idea del libro original de Philip K. Dick, ocurrencia solo para escritores, y optaron por un productor de películas como gran dispositivo desestabilizador del sistema. Otra vez la importancia de mostrar, el deber de ver. El cine es el gran documento de los totalitarismos, su gran Capitolio, su Reichstag, su Palacio de Invierno. También su Hermitage, su Louvre, su Museo del Prado, su laberíntica galería de los horrores.

Hebras

Apenas desde el pasado verano, cuando surgió en Richmond, Virginia, la editorial Casa Vacía viene lanzando volúmenes de alta calidad y me consta que lo que está en proceso para este año no quedará a la zaga. Repaso aquí tres de las más gratas sorpresas que esta primera mesada me ha suscitado.
En Diario de Cuba.

lunes, enero 16, 2017

Dos fragmentos

En Diario de Cuba, fragmentos de "Asilo en Brazos Valley", nuevo poemario en el que trabajo:

Desde la autopista un alto obelisco. Nos detenemos pero no en los detalles. Es casi noche, bastante claridad todavía. Veamos por qué se dice que ahí comenzó todo. Batallas de antiguos habitantes del Valley por alcanzar un giro, la condición pedánea, un desprendimiento de lo conocido. De sus muertos también bebieron.

En Hypermedia Magazine, fragmentos de "Diario de Olympia Heights", ya concluido y de próxima aparición: 

Hacia la costa, Olimpia crece en sentido vertical. Abundan torres. Pero tierra adentro, está creciendo endógenamente, hacia su interior, se está tugurizando. Todo lo que tiene que ver con Cuba acaba siendo endógeno. No es posible encontrar paisaje menos atractivo que estos viejos vecindarios, con sus casas clamando por una fumigación, no ya reconstrucción. Eso, lo precario. El sentido total de un estatus.