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domingo, marzo 02, 2025

La llamada

 


Quiero contar todo "desde un lugar distinto", le dice Leila Guerriero a uno de los testimoniantes, uno que se niega a hablar porque no confía o porque no tiene mucho sentido volver sobre el tema de los secuestrados durante la dictadura militar. Pero ese lugar, ¿cuál es? El libro es esa búsqueda, la respuesta a esa pregunta. Lo cierto es que uno como lector trata de imaginar el mapa de Silvia Labayru como intentando entender, de descifrar lo ininteligible. No es posible. Chica bellísima que vivió en Texas y admiraba la cultura norteamericana, de familia de militares, se enrola en las células de la extrema izquierda en Buenos Aires, acaba secuestrada y colaborando de una forma que nadie llegaría a sospechar, viajando a Brasil y México, dando a luz a una hija que es luego entregada a sus abuelos y Labayru visitándola y estando con su marido, acostándose con sus captores y haciendo un trío con la mujer de uno de ellos, y regresando a su cautiverio por sus propios pies. ¿Qué encierro era ese?

La historia escrita en enciclopedias, en fríos documentos o largas monografías rara vez recoge los momentos de dudas, lo injusto de un relato asentado con los años, nunca lo va a hacer como sí lo hace la literatura. En mañanas de domingo me pongo a jugar buscando esas asimetrías de la historia para ir un poco a la contra de aquellos que siempre dicen que todas las dictaduras son iguales. Hell no! No lo son. Todas son terribles, sí, pero también lo es cada una a su manera. Conozco yo una muy bien: la cubana. Ni por asomo los militares cubanos mandarían a una prisionera a una oficina en París a hacer ningún trabajo (Cuqui Carazo), esa se pudre en una mazmorra o se expulsa del país tras 25 años en una cárcel.

Hay una forma torcida y muy frívola de leer este libro y es la que insiste en ver sólo su perfil denunciante o su trasunto feminista: ¡a ti también te denuncia, estúpido! Esto no va del mural de tu partido ni de tu combativa cuenta de Bluesky, todo ese mundo de las consignas revolucionarias que te sembraste en la cabeza y que es el mismo que marginó a todas las Labayru de ayer y hoy y que censura y ningunea —o literalmente ataca— sin mucha compasión a quienes no siguen su dictum. Va de cómo es la vida en realidad, no de cómo quieres tú que sea para satisfacer tus húmedos sueños doctrinales.

Leí La llamada en primer lugar porque me gustan mucho los libros de Guerriero, me gusta su inteligencia al pensar el libro que va a escribir, su contención, su manera de elaborar, de construir la prosa tan lejos siempre de toda posibilidad de parrafada doctrinaria. En este fui marcando varios pasajes en la pantalla, a veces sin saber muy bien por qué. Marqué pasajes extensos, como el de la muerte de Silvia Lennie y la decisión de qué hacer con el cuerpo, el de la violación por parte del matrimonio González, el testimonio de Astiz, la explicación de Labayru de por qué no podía escaparse de la ESMA, la mención al libro Recuerdo de la muerte, de Bonasso, un personaje que siempre me pareció detestable por su relación con el castrismo. Marqué también algunos diálogos.

Siempre me llamó la atención la gran operación de propaganda que elaboró la izquierda alrededor de la dictadura militar y el escamoteo del caos de las guerrillas urbanas argentinas de los años 70, fueron varias las veces que vi a Hebe de Bonafini abrazar a Fidel Castro. Por eso sentí que este libro me aportaba otra perspectiva porque va de eso, de desmontar ese andamiaje que asignaba heroicidades y traiciones sin reparar en grises. Labayru, que con 18 años había sido montonera, repite en el libro: menos mal que no tomamos el poder, habría sido catastrófico, y se da a criticar la forma en que la cúpula dirigente, que se quería guevarista, pero al final eran tan castrista como cualquier otra, dejó tirada a su base mientras los jefes salvaban su pellejo.

No sé si es el mejor libro de Guerriero. A mí me gustaron mucho Los suicidas del fin del mundo y La otra guerra, aunque no son equiparables en extensión, y sus columnas semanales son piezas de la más alta prosa escritas siempre "a la contra" desde ese pequeño lugar que ocupamos en el mundo. En cambio, sí es un libro que propone volver la vista atrás y repensar lo andado.


viernes, febrero 21, 2025

El derecho de ser explotados

 


En su ensayo "Libertad y filosofía", Emilio Ichikawa recordaba aquella práctica tan típica del diligente funcionariado del castrismo: la exigencia de mayor compromiso revolucionario. Una "comisaria ideológica", siempre hay y habrá alguna, ponía las reglas de juego para quienes asistieran a un encuentro con intelectuales norteamericanos. La frase en cuestión es la que escuchamos hoy a propósito del post-operatorio de Obama en La Habana: "¡No se olviden que se trata de una confrontación! ¡No nos pueden quitar el derecho de ser explotados!".

"La intelectualidad cubana —esto dice también Ichikawa— ha mostrado siempre un agudo olfato para captar las demandas ideológicas del poder. Lo mismo se manipula la historia para agradar a un político, que se infla a Gramsci para seducir a la burocracia. Existe una coordinación entre el reparto disciplinar y el aparato ideológico de control".

Siempre en el trayecto hacia la liberación individual habrá un agente exterior y varios cadáveres en algún closet. Un intelectual orgánico del castrismo lo primero que se labra es un currículo al gusto de algún campus norteamericano. He aquí que aquella comisaria ideológica, viajera y también visitante predilecta de algunos campus podría llamarse Nancy Morejón.

Hay quien quiere hacer ver que no está bien referirse a estos seres cautivos. Porque de su cautiverio es responsable el tirano y hacia este deberían ir los tiros. Pero así como del tirano está bien decir todo y más, tendrá que llegar ese momento de recordar a los miembros que fueron de su tan ilustrada corte.

El escritor Ernesto Pérez Chang ha contado el rol de Nancy Morejón en aquel affaire del número 69 de la revista Unión, que ella dirigía. Después de haber publicado los sonetos del Aretino, la revista fue acusada de "pornográfica" y la insigne poeta desvió las responsabilidades hacia el editor Pérez Chang, quien fue cesado.

Hace poco supimos, así, sin querer queriendo, que Nancy Morejón estaba haciendo un visiting, otro más, en la Universidad de Missouri. Recordé que alguna vez Nancy Morejón quiso hacerme ver que las palabras tenían su peso, y que había nombres impronunciables y que los esbirros no se van al paro.

Eso es lo que tengo yo que ver con este personaje que representa todo lo siniestro del campo cultural de aquel que fuera mi país. Lo de menos es una historia personal y mejor hace uno olvidándose de todo eso. Pero no. Qué somos si no historias personales, de qué estamos hechos.

Después de una lectura pública en Matanzas, Nancy Morejón vino a mí a preguntarme mi nombre y supe que nada bueno sobrevendría. Yo había leído un poema donde mencionaba a José Mario Rodríguez y Raúl Rivero, muerto uno, exiliado el otro. Ella vino a mí como quien sale a respirar después de un momento de apuro. Vestía unos trapos que alguna vez fueron blancos, y aseada es una palabra que no viene a la memoria de aquel momento.

A los pocos días fui citado a la oficina de mi jefa por aquel entonces, Lis Cuesta, la hoy "primera dama" de un país en demolición. El presidente del Instituto Cubano del Libro, aquel Iroel Sánchez de tan triste recordación, se había enterado del asunto y había sugerido que se tomaran medidas.

Supongo que habría sido fácil averiguar mi nombre de otra manera. Pero Nancy Morejón quería hacérmelo saber. Los combatientes, los aguerridos de verdad, se saben impunes. Quién no tiene una historia similar en aquel que fue mi país.

Pensé que Nancy Morejón, llegado un momento de su biografía, había sido convertida en figura no solo por el esquema propagandístico de la cultura oficial en la Isla, sino también por las universidades de Estados Unidos y Europa. Pero esto ya pasa como algo normal.

Pensé que ese privilegio estaba reservado para unos pocos. Que hay allá afuera un centenar de voces más inteligentes, con mejores lecturas y asuntos más interesantes que abordar, pero que sobre todo no han sido domesticados por (ni le sirven a) un régimen represivo y creen en la democracia sin tanta hipocresía, y sin embargo no pueden acceder a un campus, a los dineros de una universidad.

Es nietzscheanamente irritante. Una pasada a Google con su nombre y el de la Universidad de Missouri trae memorias de varios eventos en los que ha participado en los últimos años. Hay un documental sobre su vida y obra. Se lee que Nancy Morejón es "the most widely translated Latin American Poet" (cosa que ya ni siquiera es de dudar, a la literatura se le distrae con estadísticas) y un caso único de "mujer caribeña afrohispana". Esto último no quedará nunca bien explicado.

Lo que no dicen es a quién sirve, a quiénes ha servido. Tampoco dice que jamás levantará su voz por ninguna mujer, ningún negro, ningún caribeño o caribeña que decida no servir a quien ella sirve.

Nancy Morejón también ha presidido la Academia Cubana de la Lengua, que nunca sugerirá a Madrid la inclusión de palabras como "chivatona" y "comuñángara". A fin de cuentas los poetas suelen desempeñar los más diversos oficios, aunque con facilidad olvidan la dignidad de envejecer en silencio.

Los Castro se van a morir un día, y aquel que fue mi país se reconvertirá en algo que hoy es imposible definir. En algo no necesariamente bueno tal vez, pero supongo que infinitamente mejor que todo lo que entre comandantes y generales le procuraron a ese pobre pedazo de tierra en casi 60 años. Nancy Morejón, como Roberto Fernández Retamar, Miguel Barnet y algunos más, o sus fantasmas, pasarán de puntillas sobre tanto estropicio hacia algún lugar de ese mundo libre donde pagan bien, pero acaso todavía esgrimiendo su derecho a la confrontación, a ser a la vez explotados y perfectos hipócritas.

Publicado en Diario de Cuba, mayo, 2016, aunque no está disponible para leer en línea, la razón se me escapa. Agradezco al blog Baracutey Cubano que lo replicó y lo mantuvo.

Ilustración: Belkis Ayón, 1996 (detalle)




viernes, mayo 19, 2023

Veltfort


Hace un par de días la revista Hypermedia recirculó un ensayo de Abel Prieto donde se resumen varios de los prejuicios que el régimen cubano esgrimió siempre contra los homosexuales. 

En ese panfleto, el padre del ex ministro de Cultura cubano dice cosas bastante conocidas, a tono con lo que emanó del Congreso de Educación y Cultura de 1971, como "procurar que [los homosexuales] no sean conductores de juventudes" e intentar "comprenderlo [se refiere al 'problema' de la homosexualidad], pero nunca desde un punto de vista interesado". Usa terminología médico-científica con palabras como "contagio", "cura" y "terapia" para referirse a lo que las autoridades consideraban (y no dudo que consideren todavía) una patología que requiere tratamiento especializado.

La re-aparición de ese texto coincidió con mi lectura de Goodbye, My Havana, la novela gráfica de Anna Veltfort, publicada en inglés en 2019 por Redwood Press, un sello editorial de la Stanford University Press, en California. Primero se publicó en español por la Editorial Verbum. El texto de Prieto es de 1969, año fundamental en la biografía de Veltfort, como puede verse en la novela.

Es probable que no haya, en el escaso apartado de novelas gráficas de tema cubano, una obra más detallada y abarcadora sobre los años sesenta, la iniciación sexual, la homosexualidad y las múltiples tensiones que se dieron a nivel intelectual en la sociedad cubana de la época. También hay mención, por cierto, a la división y la tirantez entre las diferentes facciones (trotskismo, maoismo, estalinismo...) de la izquierda de aquel entonces.

Veltfort ha escrito y concebido un libro que no nos ahorra nada, quizás la erótica del roce de los cuerpos. Eso, que vemos hoy con normalidad en las novelas de Alison Bechdel, se extraña. ¿En serio, Connie, ni un beso? En el centro de su testimonio está un mundo asfixiante, desprendido de todo sentido de la libertad y del impulso humano de indagar y cuestionar y desear ser libres para amar.

El libro es extenso y a ratos farragoso. Demasiado texto, demasiados detalles. Pero yo tengo que decir que lo disfruté. El personaje de Anna Veltfort asiste atónita a este triste espectáculo de un mundo demasiado opresivo en construcción. Ha sido llevada allí por sus padres, comunistas de Estados Unidos, siendo muy joven, y allí tiene su despertar sexual y político. Y creo que me gustó la novela precisamente por el personaje, porque está atrapada en un contexto convulso donde no pidió estar, porque a la vez que participa, a su modo, mientras va creciendo, intenta violentar ciertos límites (la propia manifestación de su sexualidad, el árbol de navidad en el salón de la Facultad, la música que escucha, etc.) y porque no se detiene ni a juzgar ni a sermonear ni a sentirse equidistante. Ese personaje es uno de los grandes valores de esta historia.

Que el régimen cubano intentó influir en ciertos sectores de la intelectualidad norteamericana que le era afín lo demuestra la financiación del Fair Play For Cuba Committee, integrado por algunos poetas de la Generación Beat. Lawrence Ferlinghetti se declaraba seguidor de la inicial revolución no comunista que realmente sólo estaba en su cabeza, y escritores como Amiri Baraka y Allen Ginsberg llegaron a la Isla en viajes organizados y pagados por el régimen, con el resultado, en el caso de Ginsberg, que todos sabemos.

Hay alguna mención a esto en el libro. Veltfort narra su encuentro con Ginsberg en La Habana y la clausura de la Editorial El Puente. Cita un comentario callejero sobre que Ginsberg preguntó si Raúl Castro era gay y dijo que Che Guevara era "pretty", y que como represalia fue expulsado del país hacia Praga. Durante su visita familiar a New York, Veltfort se encuentra con activistas gays que le piden información sobre si es cierto que en La Habana hay represión a los homosexuales. Paralizada por el miedo, Veltfort apenas si da algún detalle.

Aquí es donde se nota el tipo de narradora que es Veltfort: no interviene, no juzga, sólo muestra. Y muestra mucho. Comunidades rurales en Oriente que no aceptaron el cambio impuesto por el nuevo régimen. Síndrome de la sospecha sobre los norteamericanos que viajaron y se establecieron en Cuba. Agresiones homofóbicas en las calles. Procesos judiciales arbitrarios y demorados hasta el infinito. Intromisión policial en la vida privada de la gente común. La delación como política a todos los niveles. Las desigualdades que ya se veían entre los privilegiados por el nuevo status y los silenciados, los condenados de a pie, los "degenerados" de segunda. Y un largo etcétera.

Una sociedad tan bipolar, como ya comenzaba a ser la cubana de su tiempo, era capaz de mantener en su élite a Alfredo Guevara, y a sostener en sus puestos a Mirta Aguirre e Isabel Monal. Eran homosexuales autorizados y privilegiados. Y sin embargo perseguía, silenciaba, marginaba, encarcelaba y enviaba a campos de trabajos forzados al resto, a todo el que fuera sospechoso de no someterse a sus reglas.

También está el caso del padrastro de la autora, un tecnócrata de cierto pedigrí comunista. Había participado como voluntario en la Guerra Civil Española e integrado más tarde el partido comunista en Estados Unidos. Luego de 1959 se instaló con toda la familia en La Habana para colaborar con el régimen, junto con otros "fellow travelers" y agentes declarados de cierto renombre como Maurice Halperin, Martha Dodd, George Eisen, Ed Burstein y Celdric Belfrage (le llama George en el libro), todos a la postre o bien desencantados o bien defenestrados y conminados a marcharse. Estos, como miembros de una colonia habanera de verdaderos privilegiados, son los que aparecen mencionados en el libro.

Pensaban todos que estaban construyendo una sociedad nueva, más justa, y sólo estaban cavando los cimientos para el ascenso de un Stalin tropical. Al final, siendo imposible reunirse fuera de la isla con la que era su pareja en ese momento y a la que no volvió a ver jamás, Veltfort renuncia a todo y se larga. Se despide de La Habana. La ciudad se despide de ella. La "terapia" que recetaba aquel Prieto Morales no la alcanzó. Pasarán muchos años antes de que se decida a publicar su testimonio, que agredecemos.

Y además: Pueden leer una entrevista con la autora aquí. Y el prólogo a la edición en español, aquí. Una lástima que su blog El archivo de Connie no esté disponible.