Mostrando entradas con la etiqueta Censura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Censura. Mostrar todas las entradas

viernes, febrero 21, 2025

El derecho de ser explotados

 


En su ensayo "Libertad y filosofía", Emilio Ichikawa recordaba aquella práctica tan típica del diligente funcionariado del castrismo: la exigencia de mayor compromiso revolucionario. Una "comisaria ideológica", siempre hay y habrá alguna, ponía las reglas de juego para quienes asistieran a un encuentro con intelectuales norteamericanos. La frase en cuestión es la que escuchamos hoy a propósito del post-operatorio de Obama en La Habana: "¡No se olviden que se trata de una confrontación! ¡No nos pueden quitar el derecho de ser explotados!".

"La intelectualidad cubana —esto dice también Ichikawa— ha mostrado siempre un agudo olfato para captar las demandas ideológicas del poder. Lo mismo se manipula la historia para agradar a un político, que se infla a Gramsci para seducir a la burocracia. Existe una coordinación entre el reparto disciplinar y el aparato ideológico de control".

Siempre en el trayecto hacia la liberación individual habrá un agente exterior y varios cadáveres en algún closet. Un intelectual orgánico del castrismo lo primero que se labra es un currículo al gusto de algún campus norteamericano. He aquí que aquella comisaria ideológica, viajera y también visitante predilecta de algunos campus podría llamarse Nancy Morejón.

Hay quien quiere hacer ver que no está bien referirse a estos seres cautivos. Porque de su cautiverio es responsable el tirano y hacia este deberían ir los tiros. Pero así como del tirano está bien decir todo y más, tendrá que llegar ese momento de recordar a los miembros que fueron de su tan ilustrada corte.

El escritor Ernesto Pérez Chang ha contado el rol de Nancy Morejón en aquel affaire del número 69 de la revista Unión, que ella dirigía. Después de haber publicado los sonetos del Aretino, la revista fue acusada de "pornográfica" y la insigne poeta desvió las responsabilidades hacia el editor Pérez Chang, quien fue cesado.

Hace poco supimos, así, sin querer queriendo, que Nancy Morejón estaba haciendo un visiting, otro más, en la Universidad de Missouri. Recordé que alguna vez Nancy Morejón quiso hacerme ver que las palabras tenían su peso, y que había nombres impronunciables y que los esbirros no se van al paro.

Eso es lo que tengo yo que ver con este personaje que representa todo lo siniestro del campo cultural de aquel que fuera mi país. Lo de menos es una historia personal y mejor hace uno olvidándose de todo eso. Pero no. Qué somos si no historias personales, de qué estamos hechos.

Después de una lectura pública en Matanzas, Nancy Morejón vino a mí a preguntarme mi nombre y supe que nada bueno sobrevendría. Yo había leído un poema donde mencionaba a José Mario Rodríguez y Raúl Rivero, muerto uno, exiliado el otro. Ella vino a mí como quien sale a respirar después de un momento de apuro. Vestía unos trapos que alguna vez fueron blancos, y aseada es una palabra que no viene a la memoria de aquel momento.

A los pocos días fui citado a la oficina de mi jefa por aquel entonces, Lis Cuesta, la hoy "primera dama" de un país en demolición. El presidente del Instituto Cubano del Libro, aquel Iroel Sánchez de tan triste recordación, se había enterado del asunto y había sugerido que se tomaran medidas.

Supongo que habría sido fácil averiguar mi nombre de otra manera. Pero Nancy Morejón quería hacérmelo saber. Los combatientes, los aguerridos de verdad, se saben impunes. Quién no tiene una historia similar en aquel que fue mi país.

Pensé que Nancy Morejón, llegado un momento de su biografía, había sido convertida en figura no solo por el esquema propagandístico de la cultura oficial en la Isla, sino también por las universidades de Estados Unidos y Europa. Pero esto ya pasa como algo normal.

Pensé que ese privilegio estaba reservado para unos pocos. Que hay allá afuera un centenar de voces más inteligentes, con mejores lecturas y asuntos más interesantes que abordar, pero que sobre todo no han sido domesticados por (ni le sirven a) un régimen represivo y creen en la democracia sin tanta hipocresía, y sin embargo no pueden acceder a un campus, a los dineros de una universidad.

Es nietzscheanamente irritante. Una pasada a Google con su nombre y el de la Universidad de Missouri trae memorias de varios eventos en los que ha participado en los últimos años. Hay un documental sobre su vida y obra. Se lee que Nancy Morejón es "the most widely translated Latin American Poet" (cosa que ya ni siquiera es de dudar, a la literatura se le distrae con estadísticas) y un caso único de "mujer caribeña afrohispana". Esto último no quedará nunca bien explicado.

Lo que no dicen es a quién sirve, a quiénes ha servido. Tampoco dice que jamás levantará su voz por ninguna mujer, ningún negro, ningún caribeño o caribeña que decida no servir a quien ella sirve.

Nancy Morejón también ha presidido la Academia Cubana de la Lengua, que nunca sugerirá a Madrid la inclusión de palabras como "chivatona" y "comuñángara". A fin de cuentas los poetas suelen desempeñar los más diversos oficios, aunque con facilidad olvidan la dignidad de envejecer en silencio.

Los Castro se van a morir un día, y aquel que fue mi país se reconvertirá en algo que hoy es imposible definir. En algo no necesariamente bueno tal vez, pero supongo que infinitamente mejor que todo lo que entre comandantes y generales le procuraron a ese pobre pedazo de tierra en casi 60 años. Nancy Morejón, como Roberto Fernández Retamar, Miguel Barnet y algunos más, o sus fantasmas, pasarán de puntillas sobre tanto estropicio hacia algún lugar de ese mundo libre donde pagan bien, pero acaso todavía esgrimiendo su derecho a la confrontación, a ser a la vez explotados y perfectos hipócritas.

Publicado en Diario de Cuba, mayo, 2016, aunque no está disponible para leer en línea, la razón se me escapa. Agradezco al blog Baracutey Cubano que lo replicó y lo mantuvo.

Ilustración: Belkis Ayón, 1996 (detalle)




jueves, mayo 18, 2023

Talibán

El castrismo ha incubado mucho personajillo siniestro, gentuza que mamó mentira y labia estalinista desde temprano. Iroel Sanchez fue uno de ellos. Era uno de los talibanes de finales de los años noventa, experto en manipulación y asesinato de reputación.

Le gustaba contar cómo fue que Fidel Castro lo nombró presidente del Instituto Cubano del Libro a principios de los años 2000. Decía que lo citó a su oficina y mirando el expediente le dijo que hasta los de línea más dura, talibanes de mayor rango, lo habían aprobado.

Y lo que vino tras su nombramiento fue una marejada de literatura bazofia conectada con los dineros del chavismo y aquel delirio llamado Batalla de ideas. Su biblia era un panfleto de Stonor Saunders, del que logró hacer edición cubana, al que acompañaba diligentemente con cualquier producto lo mismo de Howard Zinn y George Cockcroft que de Belén Gopegui, Carlo Frabetti y similares comuñangas de caviar.

Esta gente fue astuta intentando conectar a cierta clase intelectual resentida europea y norteamericana con un régimen que necesitaba otros lavados de cara tras la Primavera Negra del 2003. Querían re-globalizar la revolución moribunda luego de la década penosa del Período Especial. Contando con que siempre hay y habrá intelectuales y escritores prestos para la tarea de la salvación de la humanidad, sin que haya nada romántico ya en el acto, todo es puro cálculo y mezquino gesto. La desmemoria en relación con Cuba está cimentada sobre miles de muertos y millones de encarcelados y exiliados.

Encabezó la ofensiva contra los colaboradores de la Revista Encuentro que estábamos dentro de Cuba. Para ello creó, entre otras, una publicación llamada La Jiribilla, desde donde se atacó a todo dios, recordar que eran los años del blogueo más intenso sobre temas cubanos: Yoani Sánchez, Penúltimos días, La Habana elegante (véase la descripción del personaje a cargo de Fermín Gabor en el número 55), etc.

Era tan obtuso que se enfrentó hasta al ministro Abel Prieto, a quien dicen acusó de "poco ideológico" en una reunión, y le costó el puesto. De ahí se fue al Ministerio de las Comunicaciones, a las catacumbas de Ramiro Valdés (se lo señalaron hasta sus colegas), a seguir metiendo cizaña y censura contra todo lo que oliera a oposición o colaboración con Estados Unidos, y la más vulgar delación si detectaba algo que no le olía bien.

Encarnaban él y otros como él una zona que el castrismo explota muy bien: disfrazaban su proverbial indigencia intelectual con la triste condición de la vieja, pero interesada humildad partidista. Se decían muy fidelistas, para que ese Sísifo cubano, el Liborio de la caricatura de Lauzán, siga cargando su rémora, su bola pétrea. Pero en realidad creían ver en el esperpento de la revolución la concreción, por fin, del proyecto guevariano de austeridad, de extensión de la miseria a tutiplén. El clásico "tú te estás muriendo, hermano, pero yo también y mira, no me quejo". De esa misma seudo filosofía era otro personajillo igual de siniestro, aunque quizás más a lo tonto, Enrique Ubieta, nombrado en esos años director de la Cinemateca de Cuba a falta de una "botella" más prominente.

El comunismo cubano está en formol. No ha llegado aún el momento de la autopsia. Su talante represivo sigue intacto. Mientras tanto, algunas de sus piezas siguen muriendo.

Caricatura: Lauzán (tomada de la web RadioTelevisionMarti.com)