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domingo, agosto 10, 2025

Apuntes de un lector de novelas gráficas


En una nota de George Steiner sobre un libro de Alberto Manguel encuentro la mención poco menos que peyorativa del lector de cómics como una suerte de no-lector. Steiner no apunta exactamente a un lector específico, sino que se refiere a esos miles de hombres y mujeres “que simplemente descifran los titulares de la prensa o le echan una ojeada a los cómics”.

La idea del historietismo como abaratamiento del acto de leer yo diría que es muy antigua, pero ¿de dónde proviene? Acaso de la infancia, de nuestros primeros pasos como lectores que se sienten atraídos por unos artefactos que conjugan textos e imágenes o dibujos. Guy Davenport ha recordado que el primer libro que leyó fueron las tiras de las aventuras de Tarzán. Entraríamos aquí entonces en un terreno donde serían necesarias ciertas precisiones que el mercado del libro ha delimitado bien, y perdonen mi didactismo: cómics para lectores infantiles y cómics para adultos.

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lunes, junio 30, 2025

Cuestionario JE

 


Habrá que escribir un tratado sobre la importancia, freudiana o no, del “haber leído”. Todo buen lector quisiera haberlo leído todo o casi todo. De Dostoievski leí Los hermanos Karamazov  muy temprano, sin embargo Crimen y castigo  fue una lectura ya adulta, lo mismo que el Quijote  y La montaña mágica. Como soy dado a las listas y otra minucias (llevo un registro preciso de cada libro que tengo en mi biblioteca, con sus índices, datos editoriales y precios), una vez comencé a anotar los escritores más o menos famosos de los que nunca he leído nada. Me llené de vergüenza. Ahora, siendo honesto, ¿quién en un encuentro con conocidos, cuando es preguntado por cierto libro, no dice: lo leí de joven? Nadie debería sentir pena porque en lugar de todo Balzac o las sagas de los Thibault y José y sus hermanos, se distrajo leyendo Sostiene Pereira, El tercer Reich, Canción de tumba, Boarding Home, Seda, La  uruguaya, Stoner, Cómo me hice monja o Temporada de huracanes, buenas novelas todas que quizás no pasen a formar parte de ese engendro maldito llamado “historia de la literatura”.
Vaya si he sido renuente a contestarlos, pero al final respondí el Cuestionario Jonathan Edax que hemos creado en Bookish & Co. 
 

martes, agosto 15, 2023

Inge & Omar


Omar Santana nos trajo este retrato de Luna, "gata arrabalera", como le dice M. Estuvo con Inge en nuestra casa y ya extrañamos esos días intensos en los que hablamos mucho, comimos y bebimos, al principio con ciertas mesuras y ya al final como si no nos importara nada más en el mundo que la gran epopeya de las comidas y las bebidas.

Los llevamos al Museo de Arte Crystal Bridges a ver un Hopper, pero Omar se nos rezagó ante un Rockwell. Luego fuimos al downtown y vimos que estaba muy animado porque era la fiesta del "first Friday" y habían instalado una tarima y había niños cantando y carpitas blancas con anuncios. Hacía un calor de infierno, nos metimos a comer en un restaurante mexicano y luego a un café fancy y compartimos mesa con una señora que padecía una enfermedad neurológica y estaba allí promoviendo su empresa que hace generosas donaciones al hospital del condado.

Inge y Martha se iban a hacer fotos y a comprar especias, cacharros de cocina o zapatos para las hijas y Omar aprovechaba para hablarme de Caibarién y yo de Cueto. Le conté que en mi primer libro el editor cambió por error mi lugar de nacimiento y de alguna manera, como resultado de ese error, fui expulsado para siempre de aquel pueblo que nadie lleva en la memoria como yo porque nadie puede escribir mejor lo que yo allí viví.

Estábamos en eso cuando vio un mensaje que le había llegado tres días antes: una revista digital le cancelaba sus colaboraciones, que era una de las principales razones para que muchos lectores se asomaran a esa revista. Le dije que quedábamos hermanados también por eso: a mí me liquidaron un libro por una cantidad tan irrisoria que apenas si alcanzaba para comprar alguno que me interesara. Y que después de mucho zapatear por fin había encontrado una que tiene por costumbre pagar, ¡y con puntualidad!, las colaboraciones de quienes vivimos fuera de aquel desbarajuste llamado Cuba.

Omar va a dibujar todo eso y más, y lo que sea que resulte de ahí nos lo vamos a perder todos porque no pinta para nosotros sino para su padre, campesino, pescador y hombre-que-lo-hace-todo, como era el mío, y también y sobre todo para unos fantasmas que ninguno de nosotros sabrá jamás.

Conocí a Inge en los años 90. Sé que era ella porque ese nombre nunca se olvida y porque era bella y muy delgada y porque fue la primera mujer que vi con las axilas sin depilar. Luego se fue a Perú, fue madre y ayer estaba aquí hablándonos de sus hijas que ya son grandes.

A Omar le dije que yo era un pobre lector de treinta años con recurrentes ataques poéticos cuando comencé a ver sus colaboraciones en aquel Herald de los dos mil. A mí vino una vez un enviado del más allá a decirme que este encuentro estaba pactado para un tiempo futuro, pero yo, como es lógico, no lo creí.

De todos esos miles de libros que hay en casa, a Omar le interesó uno solo: una vieja edición de tapa dura del Velázquez de Ortega que me traje de Cuba y está bastante bien conservada. Eso dice mucho de un pintor formado en San Alejandro. Vi que alzó los ojos del libro, levantó en silencio una mano y la chocamos entre tequilas y manjares que M. no se cansó de prepararles.

Creo que si no fuera por nuestras mujeres no nos hubiéramos encontrado nunca. Eso no lo dijo el enviado.


jueves, julio 13, 2023

Chirbes

 


En una rápida visita a la biblioteca del town me encuentro el primer tomo de los Diarios de Rafael Chirbes.

Insiste varias veces Chirbes en el estilo narrativo como forma de conocimiento, por encima o al margen del quiebre estético, la ficción como una forma de verdad y el talante para moverse en los márgenes. Los buenos diarios son el reservorio de los tics del escritor, de sus obsesiones. Viene del mundo obrero, padre ferroviario que murió tempranamente, y su visión de la intemperie del mundo, del paisaje de una cultura está permeado de ese candor y también de ese resentimiento.

Conozco poco y mal al Chirbes narrador, pero estos diarios me revelan a un escritor honesto con la escritura, hecha esta de tanteos, retrocesos e interrogantes sobre la condición misma del escritor y su relación con el mundo. Chirbes sabe que el genio es la invalidez y esa verdad no lo va a dejar tranquilo (ni a nosotros). Es duro con sus contemporáneos, sean estos de la orilla que sean (de Pérez Reverte a Gopegui, los pone a parir a los dos, pero, en serio, ¿quién es Gopegui?), pero sabe que los grandes escritores (como Musil) toleran cualquier crítica porque nos miran desde muy lejos.

Es un diario con todas las de la ley, hecho de retazos, sin necesidad de demasiada elaboración ni con ínfulas de convertirlo en "la obra" si lo otro no alcanza. Es un diario desprovisto de las recurrentes ficciones del diarista, con todo y que sabemos (no hemos nacido ayer) que es una obra "ficcional" en tanto construye una "realidad" a partir del texto.

Casi todo lo que dice lo dice con aplomo, pero sabiendo que camina por una cornisa porque no eres dueño de las lecturas y las apropiaciones ajenas. Uno como lector conecta los puntos de este particular muestrario de un mundo y tiene un mosaico de la literatura vista por un escritor finisecular: Reich-Ranicki (reediciones ya, please), Pombo, Fuster, Pla, Herralde, Martín Gaite (su gran valedora), Unamuno, Sebald, Mann, Döblin, Broch, Vargas Llosa, Piglia… Por cierto, qué gran lector de la literatura alemana fue.

Están por supuesto los jueguitos de la alfombra y el closet de cierta izquierda, ni una sola mención a ETA, pero cualquier acto inocuo con tufo a franquismo le despierta agrios comentarios. Tampoco es complaciente con la Transición. No obstante, las intromisiones de la política son minoritarias (hablo, repito, del tomo primero), lo cual es llamativo en un escritor que hizo de la crítica al falso desarrollismo y la especulación inmobiliaria (treinta años después de Calvino) una cuestión de principios.

Son adictivos estos diarios porque lo menos que uno pide como lector es espesor y riesgo, que uno se reconozca y que la mirada interior con forma de escalpelo nos concierna, nos provoque.

domingo, mayo 21, 2023

Arrufat


Me sorprendió encontrar en uno de los tomos de los diarios de Andrés Trapiello un extenso pasaje dedicado, con bastante cariño y buena onda, a Antón Arrufat. Fue su interlocutor en La Habana de 1995, como buen conversador que era, y lo describe siempre con una jabita, guiño piñeriano. También dice que salpicaba la conversación con un anecdotario profuso, aunque bien que eran historias antiguas, lo reciente no existía. Los detalles se los dejo para que los busquen en Do fuir, tomo noveno de sus diarios. Valen la pena. De nada.

He dicho que me sorprendió y quizás no sea la mejor forma de decirlo, porque puede que Antón haya sido el escritor más "peninsular" de su generación. No galdosiano, claro, que Galdós era canario. Pero sí valleinclanesco. De hecho, Trapiello al retornar a España tras su estancia habanera, se las ingenió para publicar en Pre-Textos el libro de Antón que más le había impresionado: De las pequeñas cosas. (La primera edición cubana, que leí, era sin el "De"). Es el libro que sólo escribe un exquisito, pocos pondrán en duda que fue lo mejor que escribió.

Ya he escrito en otro lado sobre los reproches que Brodsky les hizo a escritores tipo Evtushenko: cuando el Estado soviético autorizó las críticas, fueron críticos. Mientras tanto, bailaron al son de ideólogos y verdugos.

Antón encarnó ese tipo de escritor: demasiado cobarde para plantar cara, demasiado fino, hasta lo viperino, en la crítica sotto voce. Es un clásico de la vida bajo estos regímenes. Nos cruzamos un par de veces. En una de ellas se divertía preguntando todo el tiempo de quién era por fin "el reino", aludiendo a las falsas acusaciones de plagio que pendían sobre la novela Tuyo es el reino, de Abilio Estévez.

Estuve en la fortaleza de La Cabaña en febrero de 2001 cuando leyó su discurso por el otorgamiento del Premio Nacional de Literatura el año anterior. No pude acceder al salón de actos porque la entrada estuvo controlada por las más altas autoridades del Instituto del Libro y, por supuesto, la Seguridad del Estado. Pero desde afuera escuchamos parte de lo que allí se dijo.

Antón fue crítico hasta donde se podía (y se puede) ser crítico públicamente en aquellas circunstancias y en aquel país. Más tarde leímos el discurso en alguna revista literaria. Habló de su biografía. Dijo parte de lo que le había sucedido tras la publicación de Los siete contra Tebas, su castigo post Caso Padilla, su censura. Y lo cerró citando, claro, a Valle-Incán: "Si no prescinden de mí, yo no prescindiré de ustedes". Le hablaba al poder, no a sus lectores.

Se conformaban con pocos estos escritores, y el plural cobra todo sentido. Ahora tenían el placet, el beneficio de aquellos censores, sus premios, sus viajes. Habían sido por fin liberados de una pesada carga, mientras les llegaban otras. Ahora les sonreían y les enviaban cestas de agasajo con embutidos, frutas tropicales y botellas de ron y vino.

Habían pasado a ser la nueva clase de escritores admitidos en palacio, bajo palio. Eran ya tolerados, mas no intocables. Y lo sabían. Por eso firmaban cartas de apoyo al régimen. Lo que les pusieran delante. Habían sido comprados. Las exigencias de la Historia.

Poeta irregular. Su primera novela, La caja está cerrada, es extensa y soporífera. La otra, La noche del aguafiestas, mucho más breve, se deja leer. Sus otros libros de no ficción, pongamos por caso Virgilio Piñera entre él y yo, que leí en Cuba, contribuyó a completar el necesario mosaico que nos devolvía a un escritor esencial en nuestra modernidad literaria, pero también destacaba por sus escandalosas zonas de silencio. A su manera oblicua, también ayudó a dar forma a la línea que nadie podía cruzar y al hacerlo traicionaba la memoria de quien había sido su maestro.

Los retratos de Antón no nos han faltado, además del arriba mencionado de Trapiello. Me viene ahora a la memoria cómo lo "narra" Cabrera Infante en Mapa dibujado por un espía: amigo, pero taimado. En el Diccionario de autores latinoamericanos, el único juicio de valor que emite César Aira sobre su obra es el de "excelente crítico". ¿Qué conocía Aira del crítico Antón?

En charla mía con un amigo, salió otra vez el tema de aquellas cartas que el régimen hacía firmar como apoyo a su desastrosa gestión de siempre, no importa cuándo leas esto. Si no me equivoco, la suya no estuvo entre las primeras del 2003, cuando el fusilamiento de unos jóvenes que se robaron una lancha para escapar de la isla, puede que la hayan sumado después, que el festín de firmas duró varias semanas. Lo cierto es que Antón estampó su nombre en alguna de ellas alegando que, a la vuelta de algunos años, nadie se acordaría de aquello. Yo lo voy a recordar, le contestó el amigo, hoy en Miami. Aquí estamos todos recordándolo.

Para Antón, el abrazo del oso de la Vieja Fe trae consigo un trasiego de la memoria: la creen selectiva. Educado en el ejemplo del Caso Padilla, había que ser astuto y no sacar conclusiones erradas. Pienso en Milosz: El hombre es apenas un instrumento en la implacable orquesta dirigida por la musa de la Historia. Sus víctimas caen como moscas.

Pero hay más: Antón era un tipo de escritor que por su naturaleza quiere erigirse en autoridad estética. Cree necesario dictaminar los rumbos de la literatura nacional, repartir carné de escritor con acceso exclusivo a su capilla. Un poco como el moralista que describe Milosz: no escribe frases, las destila. No creo que sea coraza lo que no pasa de ser enfermedad pueril.

Lo vi desdeñar en público a la literatura realista, como vi no hace mucho manifestarse a más de uno en desprecio de Eduardo Heras León y sus dizque discípulos. A mí eso me llena de tierna fascinación. Hay una línea directa que va de Caballería roja a Los pasos en la hierba, y no es sólo el estalinismo. No pudiendo plantear batalla en otros frentes más definitorios en lo político, se sumergían en el barro con acusaciones de bajeza literaria en el más inocuo terreno donde nadie podía ganar nada, mucho menos unos pocos vigilantes del estilo.

El Estado totalitario es esa fuerza que apenas si nos deja administrar el miedo. Sabíamos que Antón estaba lleno de ese miedo y sobre todo de dudas. De ambas cosas no nos dejó, lo digo como lector, demasiados testimonios.

Addendum: En el blog de Enrique del Risco, una carta de Virgilio Piñera que habla por sí sola.