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sábado, junio 06, 2026

Salinger

 


De todos los escritores que se ocultaron y dijeron no (para ponerlo en modo Vila-Matas), Salinger parece ser el más atractivo y por alguna razón que acaso llegamos a intuir. Es autor de culto y su nombre se menciona en series de televisión por el estilo de Friends. Un icono pop, todo lo que no quiso.

Hemingway creyó ver en Mark Twain al padre de la literatura moderna norteamericana con su Huck Finn. Montado en esa corriente, para David Lodge los personajes de Salinger descienden directamente de allí, sólo que con un grado mayor de sofisticación. En cuanto a Harold Bloom, aunque ha dicho que su destreza estilística está fuera de toda duda, se nota mucho que no lo tenía en alta estima. Nos dejó saber que era un escritor agotado.

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jueves, marzo 05, 2026

Colisiones



Me gustaría mucho llegar a una librería americana y encontrar libros de Pre-Textos, Atalanta, Ladera Norte (proyecto editorial que dirige Ricardo Cayuela en España). Los trasiegos electrónicos nos ayudan a mitigar algo de esas apetencias no satisfechas, pero las posibilidades de una normalidad en el comercio libresco entre España y Norteamérica no parece que vaya a mayores.

Soy muy tozudo con esas prácticas. La semana pasada recalé en Dallas y a poco de llegar me fui a un Barnes & Noble que había por allí. La sección de libros en español era miserable, de una pobreza hartante, confinada a la última esquina en el segundo piso, al lado de las cacharrerías que ya no interesan a nadie.

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miércoles, marzo 04, 2026

La biblioteca en llamas



En el año 2021, en plena pandemia de Covid 19, se inauguró en Fayetteville (Arkansas), donde vivíamos entonces, la monumental expansión de la biblioteca pública. Quedó el viejo edificio reconvertido en una funcional y laberíntica mole de cristales, acero y concreto que costó unos 50 millones de dólares. La mitad de ese dinero se la sacaron a los contribuyentes a base de subir los impuestos sobre la propiedad. La otra mitad salió de una campaña de recaudación privada.

Fui muchas veces a esa biblioteca antes y después de su remodelación. Abrieron un espacio bastante amplio de venta de libros —Friends of the Library Bookstore, se llamaba— a precios muy bajos, una práctica que veo también en las bibliotecas de Houston, aunque paradójicamente, siendo esta una ciudad tan gigantesca, con una capacidad muy reducida, a veces apenas un estante.

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domingo, septiembre 07, 2025

Oneguin



Anoche fui a mi primera función de ballet en más de treinta años. El Houston Ballet montó Oneguin, coreografía de John Cranko y partitura de Kurt-Heinz Stolze siguiendo aquellas pautas de la ópera de Tchaikovsky. Una maravilla. Primer bailarín: el cubano Gian Carlos Pérez. Tres cubanas más en el cuerpo de baile. Nos fuimos temprano bajo un diluvio en el sur de Houston, pero dos millas más allá claridad total. Esto es Texas.

Aparcamos bajo lo que suponía era el teatro en pleno downtown. ¿Ya habíamos estado aquí antes, o no? Creo que sí pero no puedo recordar viendo qué. Es un edificio enorme color ladrillo, la entrada es un arco de cristal de casi cien pies de alto. Nos perdimos para ir del parqueo al edificio y luego para regresar al carro al final de la función. Hay un túnel que va directo al teatro pero nunca dimos con él, de manera que salimos a la calle, cruzamos la avenida, caminamos una plaza con árboles y llegamos al teatro. Todavía me río pensándome como un alma descolocada en medio de tanto people emperifollado. En la escuela algunos maestros recogieron dinero para comprar tickets de lotería, le venía comentando a M. ¿Qué va a pasar con el claustro de español si se la ganan? Eso debería ser ilegal pues no pueden irse todos de plano si se la ganan. Creo que lo hacen por eso, porque suena demasiado ilusorio.

Las entradas al ballet me las mandaron por email. No las encuentro ahora. Vaya a la ventanilla, sir, pero no encuentran mi nombre y tienen que imprimir de nuevo mis boletos. ¿Se nota mucho que es nuestra primera vez? Hay mesas y venta de bebidas al entrar. Martha quería comprar algún vino. Buscamos la sección M. Nos mandan a tomar el elevador al piso 5. Buscamos un baño, pero tomamos la dirección equivocada, los baños están junto a los elevadores. ¿Dónde está la sección M? Balcony, sir, piso seis, sir. Ah, ya, vale, nos ha tocado gallinero. Vuelta a los elevadores. Alguna gente con traje y sin corbata trae cervezas en las manos.

La sección M está semivacía. Da mucho vértigo. Martha dice que se siente resfriada. La vista es espectacular. Comienza la función y olvidamos todo. Vimos la película hace años, ¿te acuerdas?, con Ralph Fiennes haciendo de Oneguin. No recuerdo la historia, debo leer el programa de mano, siempre huelen igual. Okey, mira, Lensky es novio de Olga y llega con un amigo urbanita, Oneguin. Tatiana es la que lee novelas y poemas y se enamora de Oneguin, que la rechaza porque su amor es adolescente y además es una chicuela de campo. Oneguin intenta seducir a Olga y ofende a Lensky. Ni come ni deja comer. El dilema se resuelve en un duelo, muere Lensky a manos de su amigo. El programa aclara que se usarán armas de fuego teatrales. Pero el duelo ocurre en las sombras desde donde se escucha un sonido falso de disparo y un cuerpo que cae.

Los intermedios son de unos veinte minutos y hay dos. La obra va a durar más de dos horas. Gian Carlos es un bailarín espléndido. Llegó a la compañía el año pasado, vino del Ballet de Washington. Me sigue admirando que entre algunos jóvenes cubanos y sus familias se conserve el prestigio de ser bailarín clásico. Esto empezó hace más de setenta años en una islita azucarera del Caribe, el castrismo decidió seguir apoyándolo (al final los rusos eran los mejores en esto y eran sus aliados) y aquí estamos, fascinados con el profesionalismo y las magníficas condiciones técnicas de un bailarín que nació sabe dios en qué barrio habanero. Carlos Acosta también fue miembro de esta compañía hace años, también era negro y venía de una familia humilde, padre camionero, que lo apoyó, y de Pinar del Río al mundo.

En uno de los intermedios me fui a comprar una botella de agua, tomé el elevador y en el piso cinco entró una pareja, traje y corbata el señor, la señora rubia platino más joven que él, toda de blanco, incluyendo sus high heels, era expensive toda ella, los botones de su chaqueta blanca, su maquillaje blanco, su respiración, pero había algo en ella no resuelto, era guiada por el señor todo el tiempo como si descendiera del elevador de una clínica o llegara desde la noche más cerrada de un hospital para enfermos muy exclusivos.

Cuando se acabó la función, nos fuimos tras la manada que tomó el famoso túnel a los parqueos. Pero ahora no tenía la menor idea de dónde estaba el carro. Subimos un piso, bajamos dos y cuando ya no veíamos a nadie divisé un entristecido y solitario carro blanco al que poco le faltaba por echarse a llorar. El mapa nos puso a dar vueltas para llegar al freeway 288. Ya eran pasadas las diez y media. Bajamos en un McDonalds a comprarle algo al hijo. ¿Cómo les ha ido la noche?, nos dijo el cobrador, un hispano gordo como el telón del teatro. Venimos del ballet, le digo. Qué bien, nunca he ido pero quiero ir cuando pongan Nutcracker, nos respondió con esa naturalidad que tantas veces uno extraña.

domingo, agosto 10, 2025

Apuntes de un lector de novelas gráficas


En una nota de George Steiner sobre un libro de Alberto Manguel encuentro la mención poco menos que peyorativa del lector de cómics como una suerte de no-lector. Steiner no apunta exactamente a un lector específico, sino que se refiere a esos miles de hombres y mujeres “que simplemente descifran los titulares de la prensa o le echan una ojeada a los cómics”.

La idea del historietismo como abaratamiento del acto de leer yo diría que es muy antigua, pero ¿de dónde proviene? Acaso de la infancia, de nuestros primeros pasos como lectores que se sienten atraídos por unos artefactos que conjugan textos e imágenes o dibujos. Guy Davenport ha recordado que el primer libro que leyó fueron las tiras de las aventuras de Tarzán. Entraríamos aquí entonces en un terreno donde serían necesarias ciertas precisiones que el mercado del libro ha delimitado bien, y perdonen mi didactismo: cómics para lectores infantiles y cómics para adultos.

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martes, julio 29, 2025

El ruido de los libros

 


Conocí a Luis Felipe Rojas un día en que quería dirimir a golpes una disputa con algún otro estudiante. Venía del servicio militar y guardaba ciertas cicatrices de escaramuzas que era mejor olvidar. Sé que no fue esa la primera vez que nos encontramos, pero la memoria insiste en recordar esos trasiegos. Eran los años noventa en una residencia universitaria de Santiago de Cuba, es decir, todos pasábamos mucha escasez de todo, pero nos unieron los libros, la poesía y una fe en el poder de la amistad que se mantiene intacta.

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domingo, julio 06, 2025

Fascinación por el abismo

 


Intento leer con cierto orden. Gasto tiempo manipulando los libros. Elaboro planes de lectura: novelas del siglo XX, autores del XIX, filosofía, poesía. Pero no leo para que un maestro apruebe lo que hago, no leo para hacer bien una tarea. La disciplina de un lector se desactiva en algún momento del día. No siempre es posible pensar que uno está haciendo los deberes. La angustia de leer no debe confundirse con la ansiedad por leer. ¿Leyó o no leyó Montaigne las Confesiones de San Agustín? Un investigador dice que no. Otro, un escritor, dice que sin esa lectura no hubiera existido un libro como los Ensayos. Uno, cuando madura, descubre con facilidad lo fácil que es detectar cuándo alguien miente sobre las lecturas. Nos pasa un poco como con la música. Al que no le gustaba un género determinado en su juventud, ¿por qué debería sentir vergüenza de su ignorancia cuando, viéndose en medio de un grupo de eruditos sobre, pongamos, la historia del rock, no puede aportar ni una interjección? No puedes hacer mucho con esa información sobre las pobres lecturas del otro. Habrá leído cosas que no has leído tú, habrá ganado cosas que no has podido ganar tú. Cuando uno tiene, digamos, cincuenta años, le gusta decir que ese libro lo leyó con veinte. Puede que sea cierto. Pero la pulsión por no quedar como un pobre ignorante en lecturas básicas puede acaso más y entonces se sale al paso de esa forma. Ya lo he dicho antes: entrar a la universidad cambió profundamente mi percepción de la vida. Comencé a leer, a leer en serio, y esa temporada dura hasta hoy. No he parado. He tenido estaciones vacías, de inseguridad y bruma total, como aquellos primeros meses tras salir de Cuba y llegar a Texas. Un estado de aturdimiento a la par que de develamiento, de descubrimiento y desconfianza que por suerte pasó muy pronto con el nacimiento de un hijo y el ingreso a estudios doctorales en una universidad.

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Y dos.

Foto: Martha Ma. Montejo, Raptis Rare Books (Palm Beach FL)


viernes, febrero 28, 2025

Aidita

Hacía casi veinte años que no la veía, no nos encontramos la última vez que viajé a Cuba en 2011. El pasado diciembre, ya sabiéndola enferma, la visité en Miami, en el apartamento de su hija, a media cuadra de un Atlántico gris y espumoso.

Ya se estaba yendo, delgada, pálida, todavía tan oral, casi sin pelos a pesar de que le suspendieron el tratamiento, nada podía hacerse ya. Hizo un camino largo, enviudó y esperó años para poder reunirse con la única persona que le quedaba en la vida.

Venía con unas extrañas molestias en el interior y la parte baja de la espalda que ella achacaba a viejos problemas renales, no sabía que era un cáncer demasiado avanzado que acabaría llevándosela hace unos días en Miami.

Nos recibió mirando a tierra, con la pena de quien ya cruzó todas las playas. Sólo atiné a decirle: espero que puedas salir de esta, pero lo importante ahora es que no sientas dolor. Habló de las dificultades para comer, de las enfermeras, y surgió de pronto el tema de su infancia y del viejo pueblo. Dijo que de su niñez recordaba sus días en el campo y una manada de pájaros y de pronto hizo una pausa, me miró y me preguntó: ¿si son pájaros se dice manada o bandada?

Mencionó la peluquería estatal donde había trabajado por poco tiempo. Dijo que por años había llevado unos diarios en libretas escolares, y yo le creí, pero que decidió destruirlos porque no podía conservarlos ni traerlos con ella. Le escuché un reproche, dijo algo concreto contra alguien del pueblo que dijo que allá todos sabían que se moría. La enfermedad no nos libera, es rencorosa y a la vez que nos arrincona nos mide.

La infelicidad tiene que estar viva para que la vida siga, dice Vivian Gornick. A mí me dio la impresión de que no quería irse. Ya sé que nadie o casi nadie quiere irse, pero ante una enfermedad terminal a veces uno nota la resignación. Creo que estaba muy contrariada por cómo quedarían las cosas tras su marcha. Era una madre de los pies a la cabeza y a tiempo completo, y como tal no podía irse dejando tantos cabos sueltos.

Me pidió que saliéramos de su cuarto y me fui con Martha a ver el mar, el único momento que tuvimos este invierno frente a la inmensidad, una pareja en un descapotable hablaba de sus cosas, me pareció ver que reían, yo me subí al muro, miré hacia abajo y vi muchas piedras haciendo de rompientes, el mar golpeando remolón, a lo lejos se veía un puente y algún bote pasando. El cielo está espeso, nos vamos mañana a Texas. Todo estaba espeso en realidad.

Pensé que una simple cadena de acontecimientos puede dejar un triste poso donde antes hubo una vida vibrante, inquieta, de mucha conversación, de muchas historias familiares, de mucha risa y buen humor y también repleta de contradicciones, de idas y regresos. Todos éramos sus interlocutores hasta que llegamos a un término en nuestro viaje en el que no queremos escuchar mucho más. Pero ella seguía hablando porque era su naturaleza, su carácter.

Puso un negocio de peluquería bien temprano, una de las pocas, si no la única, peluquería privada que había en aquel pueblo pequeño de Oriente. Allí iba yo una vez al mes a cortarme el pelo sin pagarle, que para eso era uno el hijo de su madrina. De esos años es la foto que acompaña a este texto. Era un cuartico que daba a la calle en la casona de madera de sus suegros. El tiempo barrió con todo ese andamiaje de la memoria, pero ella golpeó primero porque de todo se desprendió, nunca dudó en hacerlo, con tal de estar cerca de su hija, su gran obsesión.

Pensé que de alguna manera yo había sido afortunado porque conocí bastante bien a toda esa familia, a su padre, que le faltaba un brazo, quién no lo conocía en aquel pueblo; a su tía Sara, que fumaba y a la que yo de niño le tenía miedo. Llegué a ver a su madre una vez, con la que nunca vivió.

Su marido fue un gran amigo de mi padre, laicos ambos, un hombre humilde y discreto, pero de cultura y maneras. En el pueblo fue casi un acontecimiento que él viajara a Roma, al Vaticano. Lo recuerdo visitando nuestra casa, sentado en el sillón de brazos, los ojos muy azules que heredó su hija. Alguna foto de su boda quedó en nuestro álbum familiar.

Llegamos a viajar juntos a La Habana a lo que se iba allá siempre desde provincias, a cosas de médicos, a trámites burocráticos, ella con su hija, mi madre conmigo. Yo tendría unos doce o trece años, su hija unos cinco o menos. En aquella habitación de hotel eran un espectáculo las mañanas al levantarse, la hora del aseo, porque hay niños muy reacios a cumplir las ceremonias que imponen los adultos.

Nos visitábamos a menudo en una etapa de nuestras vidas que ahora parece envuelta en bruma y en la inevitable pereza o el inevitable desasimiento del recordar. Si es cierto que al morir una parte de nosotros se da a viajar por no sé cuáles etéreos paisajes, me gustaría que el de ella viajara al sitio donde hay una casa antigua de madera con patio amplio, siempre verde, un aljibe y las plantas y flores que sé le gustaban.

A veces leo en algunos libros frases por el estilo de que las historias no acaban nunca, las historias son interminables y no es cierto: las historias acaban con la muerte y en muchos casos no queda semilla alguna. Nada, vacío y silencio.

martes, agosto 15, 2023

Inge & Omar


Omar Santana nos trajo este retrato de Luna, "gata arrabalera", como le dice M. Estuvo con Inge en nuestra casa y ya extrañamos esos días intensos en los que hablamos mucho, comimos y bebimos, al principio con ciertas mesuras y ya al final como si no nos importara nada más en el mundo que la gran epopeya de las comidas y las bebidas.

Los llevamos al Museo de Arte Crystal Bridges a ver un Hopper, pero Omar se nos rezagó ante un Rockwell. Luego fuimos al downtown y vimos que estaba muy animado porque era la fiesta del "first Friday" y habían instalado una tarima y había niños cantando y carpitas blancas con anuncios. Hacía un calor de infierno, nos metimos a comer en un restaurante mexicano y luego a un café fancy y compartimos mesa con una señora que padecía una enfermedad neurológica y estaba allí promoviendo su empresa que hace generosas donaciones al hospital del condado.

Inge y Martha se iban a hacer fotos y a comprar especias, cacharros de cocina o zapatos para las hijas y Omar aprovechaba para hablarme de Caibarién y yo de Cueto. Le conté que en mi primer libro el editor cambió por error mi lugar de nacimiento y de alguna manera, como resultado de ese error, fui expulsado para siempre de aquel pueblo que nadie lleva en la memoria como yo porque nadie puede escribir mejor lo que yo allí viví.

Estábamos en eso cuando vio un mensaje que le había llegado tres días antes: una revista digital le cancelaba sus colaboraciones, que era una de las principales razones para que muchos lectores se asomaran a esa revista. Le dije que quedábamos hermanados también por eso: a mí me liquidaron un libro por una cantidad tan irrisoria que apenas si alcanzaba para comprar alguno que me interesara. Y que después de mucho zapatear por fin había encontrado una que tiene por costumbre pagar, ¡y con puntualidad!, las colaboraciones de quienes vivimos fuera de aquel desbarajuste llamado Cuba.

Omar va a dibujar todo eso y más, y lo que sea que resulte de ahí nos lo vamos a perder todos porque no pinta para nosotros sino para su padre, campesino, pescador y hombre-que-lo-hace-todo, como era el mío, y también y sobre todo para unos fantasmas que ninguno de nosotros sabrá jamás.

Conocí a Inge en los años 90. Sé que era ella porque ese nombre nunca se olvida y porque era bella y muy delgada y porque fue la primera mujer que vi con las axilas sin depilar. Luego se fue a Perú, fue madre y ayer estaba aquí hablándonos de sus hijas que ya son grandes.

A Omar le dije que yo era un pobre lector de treinta años con recurrentes ataques poéticos cuando comencé a ver sus colaboraciones en aquel Herald de los dos mil. A mí vino una vez un enviado del más allá a decirme que este encuentro estaba pactado para un tiempo futuro, pero yo, como es lógico, no lo creí.

De todos esos miles de libros que hay en casa, a Omar le interesó uno solo: una vieja edición de tapa dura del Velázquez de Ortega que me traje de Cuba y está bastante bien conservada. Eso dice mucho de un pintor formado en San Alejandro. Vi que alzó los ojos del libro, levantó en silencio una mano y la chocamos entre tequilas y manjares que M. no se cansó de prepararles.

Creo que si no fuera por nuestras mujeres no nos hubiéramos encontrado nunca. Eso no lo dijo el enviado.


jueves, mayo 18, 2023

Talibán

El castrismo ha incubado mucho personajillo siniestro, gentuza que mamó mentira y labia estalinista desde temprano. Iroel Sanchez fue uno de ellos. Era uno de los talibanes de finales de los años noventa, experto en manipulación y asesinato de reputación.

Le gustaba contar cómo fue que Fidel Castro lo nombró presidente del Instituto Cubano del Libro a principios de los años 2000. Decía que lo citó a su oficina y mirando el expediente le dijo que hasta los de línea más dura, talibanes de mayor rango, lo habían aprobado.

Y lo que vino tras su nombramiento fue una marejada de literatura bazofia conectada con los dineros del chavismo y aquel delirio llamado Batalla de ideas. Su biblia era un panfleto de Stonor Saunders, del que logró hacer edición cubana, al que acompañaba diligentemente con cualquier producto lo mismo de Howard Zinn y George Cockcroft que de Belén Gopegui, Carlo Frabetti y similares comuñangas de caviar.

Esta gente fue astuta intentando conectar a cierta clase intelectual resentida europea y norteamericana con un régimen que necesitaba otros lavados de cara tras la Primavera Negra del 2003. Querían re-globalizar la revolución moribunda luego de la década penosa del Período Especial. Contando con que siempre hay y habrá intelectuales y escritores prestos para la tarea de la salvación de la humanidad, sin que haya nada romántico ya en el acto, todo es puro cálculo y mezquino gesto. La desmemoria en relación con Cuba está cimentada sobre miles de muertos y millones de encarcelados y exiliados.

Encabezó la ofensiva contra los colaboradores de la Revista Encuentro que estábamos dentro de Cuba. Para ello creó, entre otras, una publicación llamada La Jiribilla, desde donde se atacó a todo dios, recordar que eran los años del blogueo más intenso sobre temas cubanos: Yoani Sánchez, Penúltimos días, La Habana elegante (véase la descripción del personaje a cargo de Fermín Gabor en el número 55), etc.

Era tan obtuso que se enfrentó hasta al ministro Abel Prieto, a quien dicen acusó de "poco ideológico" en una reunión, y le costó el puesto. De ahí se fue al Ministerio de las Comunicaciones, a las catacumbas de Ramiro Valdés (se lo señalaron hasta sus colegas), a seguir metiendo cizaña y censura contra todo lo que oliera a oposición o colaboración con Estados Unidos, y la más vulgar delación si detectaba algo que no le olía bien.

Encarnaban él y otros como él una zona que el castrismo explota muy bien: disfrazaban su proverbial indigencia intelectual con la triste condición de la vieja, pero interesada humildad partidista. Se decían muy fidelistas, para que ese Sísifo cubano, el Liborio de la caricatura de Lauzán, siga cargando su rémora, su bola pétrea. Pero en realidad creían ver en el esperpento de la revolución la concreción, por fin, del proyecto guevariano de austeridad, de extensión de la miseria a tutiplén. El clásico "tú te estás muriendo, hermano, pero yo también y mira, no me quejo". De esa misma seudo filosofía era otro personajillo igual de siniestro, aunque quizás más a lo tonto, Enrique Ubieta, nombrado en esos años director de la Cinemateca de Cuba a falta de una "botella" más prominente.

El comunismo cubano está en formol. No ha llegado aún el momento de la autopsia. Su talante represivo sigue intacto. Mientras tanto, algunas de sus piezas siguen muriendo.

Caricatura: Lauzán (tomada de la web RadioTelevisionMarti.com)


viernes, septiembre 17, 2021

Wise Blood


Leía en la biografía de Melville que escribió Andrew Delbanco: 
"A Melville le tocó vivir en la época en que 'la gran maldición del escepticismo' (tal y como la denominó en el diario de viaje por el Mediterráneo) estaba derrotando a la época en la que Dios se comunicaba directamente con los seres humanos como si fueran niños dados a impresionarse. El protestantismo racional del que Melville se había impregnado por influencia paterna no le servía de mucho para pretender una inspiración religiosa que siempre consideró como la boba y peligrosa falsa ilusión de la gente ingenua. La época de los milagros, en la que Dios había aleccionado a los seres humanos con llamativas demostraciones de su poder a través de plagas o milagros, había acontecido hacía mucho ('Los hombres han llegado a hablar de la revelación', escribió Emerson en 1838, 'como cosa ofrecida y realizada hace mucho tiempo, como si Dios estuviera ya muerto') y había sido sustituida por una edad de la razón en la que el hombre debía buscar a Dios en los impersonales procesos de la naturaleza o en el caprichoso progreso de la historia. Este modelo de protestantismo sacado de lugar, como Orestes Brownson escribió en 1844, deploraba a aquellos que estuviesen hambrientos de cualquier manifestación del espíritu divino en sus vidas 'para alimentarse sólo de las inspiraciones del pasado'."
Coincidió que esa misma noche, la noche que leí el fragmento anterior, acabamos de ver Wise Blood. La vimos en dos sesiones. Toda gran película es siempre nocturna y este semestre toca levantarse temprano. No pasan de cinco las películas de John Huston que he visto, my bad. Esta es su amanerada adaptación, y memorable, de la primera novela de Flannery O'Connor. Sur, religión, fetiches, scams, fanatismo. Dicen que es de las películas a las que vuelve siempre Werner Herzog, no lo podría asegurar. Una civilización sin la posibilidad de lo trascendente, algo así dice Steiner siguiendo un poco a Wittgenstein, "estaría en grave peligro". Lo que más me ha inquietado siempre del asunto de las religiones es el temor a Dios, también habría que conceder que puede llegar a ser el último reducto de libertad frente al Estado.