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martes, junio 23, 2026

Trapiello

 


Andrés Trapiello ha anunciado que en la primavera de este año llegará un nuevo tomo de sus diarios, el número 25. Se llamará «De todo tiene», una frase extraída del Quijote. Cuando el ingenioso hidalgo llegó a Barcelona, en el famoso pasaje de la cabeza parlante, uno de los más memorables de la novela, le preguntó si lo de la cueva de Montesinos había sido verdad o mentira y tal fue la respuesta de aquel cervantino adefesio, la cabeza, digo, que respondió: De todo tiene.

La frase es buen corolario para esos libros que Trapiello ha querido publicar bajo el título de Salón de pasos perdidos, sus diarios, que son, como le gusta al autor decir galdosianamente, «novela en marcha». He empleado muchas horas de mi vida leyendo estos libros. Los he buscado aun cuando algunos no están a la venta en ningún sitio; he hecho amigos en varios lugares solo porque profesan la misma culpable inclinación, he sido bloqueado de grupos de lectores donde no se admite un comentario fuera de la norma, he pagado bastante por envíos desde España, han llegado a casa cajas con toses y fiebres europeas, en plena pandemia, y hasta algún atisbo de tráfico de muñecas sexuales, que al final no eran tales, se ha colado en los trasiegos.

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jueves, julio 13, 2023

Chirbes

 


En una rápida visita a la biblioteca del town me encuentro el primer tomo de los Diarios de Rafael Chirbes.

Insiste varias veces Chirbes en el estilo narrativo como forma de conocimiento, por encima o al margen del quiebre estético, la ficción como una forma de verdad y el talante para moverse en los márgenes. Los buenos diarios son el reservorio de los tics del escritor, de sus obsesiones. Viene del mundo obrero, padre ferroviario que murió tempranamente, y su visión de la intemperie del mundo, del paisaje de una cultura está permeado de ese candor y también de ese resentimiento.

Conozco poco y mal al Chirbes narrador, pero estos diarios me revelan a un escritor honesto con la escritura, hecha esta de tanteos, retrocesos e interrogantes sobre la condición misma del escritor y su relación con el mundo. Chirbes sabe que el genio es la invalidez y esa verdad no lo va a dejar tranquilo (ni a nosotros). Es duro con sus contemporáneos, sean estos de la orilla que sean (de Pérez Reverte a Gopegui, los pone a parir a los dos, pero, en serio, ¿quién es Gopegui?), pero sabe que los grandes escritores (como Musil) toleran cualquier crítica porque nos miran desde muy lejos.

Es un diario con todas las de la ley, hecho de retazos, sin necesidad de demasiada elaboración ni con ínfulas de convertirlo en "la obra" si lo otro no alcanza. Es un diario desprovisto de las recurrentes ficciones del diarista, con todo y que sabemos (no hemos nacido ayer) que es una obra "ficcional" en tanto construye una "realidad" a partir del texto.

Casi todo lo que dice lo dice con aplomo, pero sabiendo que camina por una cornisa porque no eres dueño de las lecturas y las apropiaciones ajenas. Uno como lector conecta los puntos de este particular muestrario de un mundo y tiene un mosaico de la literatura vista por un escritor finisecular: Reich-Ranicki (reediciones ya, please), Pombo, Fuster, Pla, Herralde, Martín Gaite (su gran valedora), Unamuno, Sebald, Mann, Döblin, Broch, Vargas Llosa, Piglia… Por cierto, qué gran lector de la literatura alemana fue.

Están por supuesto los jueguitos de la alfombra y el closet de cierta izquierda, ni una sola mención a ETA, pero cualquier acto inocuo con tufo a franquismo le despierta agrios comentarios. Tampoco es complaciente con la Transición. No obstante, las intromisiones de la política son minoritarias (hablo, repito, del tomo primero), lo cual es llamativo en un escritor que hizo de la crítica al falso desarrollismo y la especulación inmobiliaria (treinta años después de Calvino) una cuestión de principios.

Son adictivos estos diarios porque lo menos que uno pide como lector es espesor y riesgo, que uno se reconozca y que la mirada interior con forma de escalpelo nos concierna, nos provoque.

domingo, mayo 21, 2023

Arrufat


Me sorprendió encontrar en uno de los tomos de los diarios de Andrés Trapiello un extenso pasaje dedicado, con bastante cariño y buena onda, a Antón Arrufat. Fue su interlocutor en La Habana de 1995, como buen conversador que era, y lo describe siempre con una jabita, guiño piñeriano. También dice que salpicaba la conversación con un anecdotario profuso, aunque bien que eran historias antiguas, lo reciente no existía. Los detalles se los dejo para que los busquen en Do fuir, tomo noveno de sus diarios. Valen la pena. De nada.

He dicho que me sorprendió y quizás no sea la mejor forma de decirlo, porque puede que Antón haya sido el escritor más "peninsular" de su generación. No galdosiano, claro, que Galdós era canario. Pero sí valleinclanesco. De hecho, Trapiello al retornar a España tras su estancia habanera, se las ingenió para publicar en Pre-Textos el libro de Antón que más le había impresionado: De las pequeñas cosas. (La primera edición cubana, que leí, era sin el "De"). Es el libro que sólo escribe un exquisito, pocos pondrán en duda que fue lo mejor que escribió.

Ya he escrito en otro lado sobre los reproches que Brodsky les hizo a escritores tipo Evtushenko: cuando el Estado soviético autorizó las críticas, fueron críticos. Mientras tanto, bailaron al son de ideólogos y verdugos.

Antón encarnó ese tipo de escritor: demasiado cobarde para plantar cara, demasiado fino, hasta lo viperino, en la crítica sotto voce. Es un clásico de la vida bajo estos regímenes. Nos cruzamos un par de veces. En una de ellas se divertía preguntando todo el tiempo de quién era por fin "el reino", aludiendo a las falsas acusaciones de plagio que pendían sobre la novela Tuyo es el reino, de Abilio Estévez.

Estuve en la fortaleza de La Cabaña en febrero de 2001 cuando leyó su discurso por el otorgamiento del Premio Nacional de Literatura el año anterior. No pude acceder al salón de actos porque la entrada estuvo controlada por las más altas autoridades del Instituto del Libro y, por supuesto, la Seguridad del Estado. Pero desde afuera escuchamos parte de lo que allí se dijo.

Antón fue crítico hasta donde se podía (y se puede) ser crítico públicamente en aquellas circunstancias y en aquel país. Más tarde leímos el discurso en alguna revista literaria. Habló de su biografía. Dijo parte de lo que le había sucedido tras la publicación de Los siete contra Tebas, su castigo post Caso Padilla, su censura. Y lo cerró citando, claro, a Valle-Incán: "Si no prescinden de mí, yo no prescindiré de ustedes". Le hablaba al poder, no a sus lectores.

Se conformaban con pocos estos escritores, y el plural cobra todo sentido. Ahora tenían el placet, el beneficio de aquellos censores, sus premios, sus viajes. Habían sido por fin liberados de una pesada carga, mientras les llegaban otras. Ahora les sonreían y les enviaban cestas de agasajo con embutidos, frutas tropicales y botellas de ron y vino.

Habían pasado a ser la nueva clase de escritores admitidos en palacio, bajo palio. Eran ya tolerados, mas no intocables. Y lo sabían. Por eso firmaban cartas de apoyo al régimen. Lo que les pusieran delante. Habían sido comprados. Las exigencias de la Historia.

Poeta irregular. Su primera novela, La caja está cerrada, es extensa y soporífera. La otra, La noche del aguafiestas, mucho más breve, se deja leer. Sus otros libros de no ficción, pongamos por caso Virgilio Piñera entre él y yo, que leí en Cuba, contribuyó a completar el necesario mosaico que nos devolvía a un escritor esencial en nuestra modernidad literaria, pero también destacaba por sus escandalosas zonas de silencio. A su manera oblicua, también ayudó a dar forma a la línea que nadie podía cruzar y al hacerlo traicionaba la memoria de quien había sido su maestro.

Los retratos de Antón no nos han faltado, además del arriba mencionado de Trapiello. Me viene ahora a la memoria cómo lo "narra" Cabrera Infante en Mapa dibujado por un espía: amigo, pero taimado. En el Diccionario de autores latinoamericanos, el único juicio de valor que emite César Aira sobre su obra es el de "excelente crítico". ¿Qué conocía Aira del crítico Antón?

En charla mía con un amigo, salió otra vez el tema de aquellas cartas que el régimen hacía firmar como apoyo a su desastrosa gestión de siempre, no importa cuándo leas esto. Si no me equivoco, la suya no estuvo entre las primeras del 2003, cuando el fusilamiento de unos jóvenes que se robaron una lancha para escapar de la isla, puede que la hayan sumado después, que el festín de firmas duró varias semanas. Lo cierto es que Antón estampó su nombre en alguna de ellas alegando que, a la vuelta de algunos años, nadie se acordaría de aquello. Yo lo voy a recordar, le contestó el amigo, hoy en Miami. Aquí estamos todos recordándolo.

Para Antón, el abrazo del oso de la Vieja Fe trae consigo un trasiego de la memoria: la creen selectiva. Educado en el ejemplo del Caso Padilla, había que ser astuto y no sacar conclusiones erradas. Pienso en Milosz: El hombre es apenas un instrumento en la implacable orquesta dirigida por la musa de la Historia. Sus víctimas caen como moscas.

Pero hay más: Antón era un tipo de escritor que por su naturaleza quiere erigirse en autoridad estética. Cree necesario dictaminar los rumbos de la literatura nacional, repartir carné de escritor con acceso exclusivo a su capilla. Un poco como el moralista que describe Milosz: no escribe frases, las destila. No creo que sea coraza lo que no pasa de ser enfermedad pueril.

Lo vi desdeñar en público a la literatura realista, como vi no hace mucho manifestarse a más de uno en desprecio de Eduardo Heras León y sus dizque discípulos. A mí eso me llena de tierna fascinación. Hay una línea directa que va de Caballería roja a Los pasos en la hierba, y no es sólo el estalinismo. No pudiendo plantear batalla en otros frentes más definitorios en lo político, se sumergían en el barro con acusaciones de bajeza literaria en el más inocuo terreno donde nadie podía ganar nada, mucho menos unos pocos vigilantes del estilo.

El Estado totalitario es esa fuerza que apenas si nos deja administrar el miedo. Sabíamos que Antón estaba lleno de ese miedo y sobre todo de dudas. De ambas cosas no nos dejó, lo digo como lector, demasiados testimonios.

Addendum: En el blog de Enrique del Risco, una carta de Virgilio Piñera que habla por sí sola.