domingo, enero 25, 2015

Dominios

La semana pasada compré este dominio. ¿O fue la anterior?
No sé muy bien lo que voy a hacer ahora con él. Pero digamos que he logrado que nadie se me adelante. Sabiendo lo que les ha pasado a otros, no es ninguna minucia.

Desde que aquellos tipos de generosidad tan morbosa me publicaron mi primer trabajo periodístico en un semanario de provincias, yo elegí este nombre. Que no es ni por asomo el que mis padres quisieron, aunque se parece. No puedo decir si lo hicieron por obligación o por autocensura, dos cosas que están no tan indirectamente relacionadas -toda autocensura es por obligación-, o porque alguien se lo sugirió así, tal vez lo hicieron solamente obligados por las circunstancias.

Lo cierto es que convertir el nombre inglés de Michael en Maikel (porque yo los lunes, y siempre, me llamaba así, Maikel), con esa k tan descentrada que tiene tanto de anglo como de vascuence y que a mí siempre se me atravesó como miércoles y de ceniza, era lo más aconsejable si tu madre quedaba embarazada en la Cuba del verano de 1973 y no se podía escuchar ni a los Beatles.

Ustedes llámenle como quieran: querer salir de la manada, anglofilia o simple deseo de epatar. A mí con que no me hayan colado una Y no me bastaba. Esperé muchos años, 39 exactamente, para corregir el error en el país donde siempre creí que era más coherente hacerlo: Estados Unidos.

Así que un día amanecí siendo oficialmente Michael y además ciudadano del mundo libre, y sin nostalgias de una k.