lunes, febrero 09, 2015

Herbert


I
Como un “hermano mortificado por la culpa histórica”: así queda enunciada la relación de México con Cuba en Canción de tumba, de Julián Herbert.
Nunca nos va a quedar claro si el viaje del narrador a La Habana se explica a su vez por el deseo de hurgar en esa culpa. Todo lo que nos deja saber es que ese viaje pudo no haber ocurrido nunca. ¿Por qué en una novela sobre la madre tenía que estar Cuba?
La madre, la prostituta, se fue un día a un punto en la costa de Yucatán. Alguien le había dicho que en noches quietas podían verse desde allí las luces de La Habana. “No creas cuentos. Es nomás el resplandor de los cruceros”, le dijeron. ¿No es esa frase la más  simbólica que hay sobre el opaco espejismo revolucionario que la Isla de los barbudos tejió por medio mundo?
Allá quisiera irme, le informó a su hijo, el adicto Herbert. Por el año 1980, ella le dijo: “En Cuba la gente pobre es más feliz que en ningún otro lugar del mundo.” En 1980, el del éxodo del Mariel, en muy pocos lugares sobre la tierra se podía articular algo semejante: México seguía siendo uno de ellos. Y esa puede que haya sido la razón para que ese hijo se animara a hacer el viaje inhalando y temiendo ser apresado o deportado. Pero la razón también es otra, esa casi descarada fascinación que ejerce un parque temático con riesgo asegurado.
Otra vez aparece transparentada la idea del fracaso nacional mexicano con la esperanza de lo distinto que encarna la vecina Cuba. Pero Herbert es mucho más inteligente y mejor narrador que cualquier dopado activista de izquierdas. Se inventa su propio viaje a Cuba y aunque queda anclado en lo imaginario logra contraponer su propia idea de libertad a los rígidos esquemas de comportamiento impuestos por el régimen de La Habana. Herbert traspasa la frontera y se pasea por La Habana inhalando un imposible brebaje al que nombra “opio líquido”, consciente de su culpabilidad y de que esa provocación le puede costar su encarcelamiento. Pero transfiere a otro la responsabilidad de estar despierto, su amigo, su alter ego Bobo Lafragua.
“No sé qué le reprochamos a Cuba”, dice el autor al inicio de un capítulo. “Esta isla fue el mero corazón de nuestro tiempo. Pornografía y revoluciones fallidas: eso es todo lo que el siglo XX pudo darle al mundo.” Aquí ya Herbert carga con los muchos muertos que ha visto, muertos que ya son su memoria, que se sabe de memoria. Su viaje a conocer el “comunismo castrista” es el portazo al adolescente al que alguien de izquierdas le inculcó lecturas que profetizaban la revolución continental. Pero es un viaje tan fantasmático como la imagen del niño que aparece cada noche bajo la escalera del hospital con un hueco en la cabeza. O los comics porno que encuentra en el baño para hombres y que nadie retira ni roba. O ese perro que se cuela de noche y acaba siendo la mascota del hospital.

II
Lo distinto lo encarna también Alemania, adonde viaja a un festival de poesía, pero se la pasa descubriendo la imagen de México en cada lugar, hay países que viajan en las maletas. Y puede leerse ese ejercicio como el intento de triangular una realidad que lo vence, lo usa y lo deja tirado. México, Alemania y Cuba son tres vértices en los que el escritor siente que ya no hay nada que buscar, que solo cabe volver a una realidad pura y dura: la enfermedad de su madre, su necesidad de acompañarla hasta que muera. Las continuas recaídas de la leucemia de la madre son también metáfora de los retrocesos de un país, de sus propios coqueteos con las adicciones, el laberinto burocrático para obtener un medicamento con receta en el hospital, que Herbert no sin sorna llama “terapia ocupacional” –México, además de todo lo que conocemos por las noticias, es un engorro funcionarial donde la corrupción campea, ni siquiera hace falta leer la escena del pasaporte del hijo–, sus propios tanteos de la muerte, tan en la médula de México.
Y sí, habrá muchos Méxicos, pero no hay forma ya de rebatir  que la muerte preside todos esos Méxicos posibles. La discusión se anima si dices que la relación de los mexicanos con la muerte es singular en el ámbito hispano y no te salva que eches mano a algún capítulo de El laberinto de la soledad para responder a quien te acusa de esencialista, pero ahí estarán los diarios y las diversas metodologías de la muerte para cubrir tus espaldas. Todos esos Méxicos no van a parar de desangrarse.
Avanzas en novela tan edípica y te preguntas cómo va a matar ese cuerpo inerte de la madre, pero llegas al final y descubres que te volaste ese momento porque se lo voló el autor. Sin dramatismos microlocalizados, la novela en sí es un drama enorme. No hay que detenerse entonces a relatar esa muerte anunciada, prevista en el guión: la madre ya está muerta desde el principio. Pero leeremos un desfile de cuerpos que no cesa, desde un vecino adolescente hasta un líder sindical de Monterrey, todos muertos.
Canción de tumba es tensión de una punta a la otra. Y es autorreferencial, sí, desde luego, pero está llena de resonancias que van de Cioran a Heriberto Yépez. Sin embargo, acaso la tensión más subyugante tiene que ver con el pulso que Herbert se propone echar para corroer los códigos al uso de la novela –casi digo que contemporánea, pero no olvidemos que los buenos libros no compiten ya más con sus coetáneos, sino hasta con los clásicos que nos fundamentan el gusto, esos zigzagueos de la trama, pero todavía más el tono a veces cándido, a veces cínico con el que consigue mostrar miserias que son y no son solo suyas, también nuestras; las de una familia amarga, las de un país que da tumbos, pero no encuentra más que preguntas sin aspiraciones de respuestas, y las de su vida misma, que nació y creció en medio de tantas privaciones.
Julián Herbert ha escrito la novela que lo define, la más inquietante, pero también la que se escribe solo una vez porque no habrá forma de volver sobre ello. ¿Cómo puede un escritor volver a trazar las rutas de la relación con su madre cuando ya lo ha hecho y el ejercicio es de una espléndida imperfección, la gran antinovela de México hoy?

III
Dos frases que merecen ser, cuando menos, mejoradas, si no olvidadas:
“Había entre nosotros una tensión cuya identidad no me resultaba clara en ese momento pero que ahora puedo describir como un gran amor al que le han arrancado el picaporte.”
“El sexo entre los dos fue una intuición de luminosidad.”
Ambas en la misma página, esa bestia nefasta, la 88.

IV
Uno le dijo: “No me explico por qué te empeñas en fingir que una ficción tan terrible es o alguna vez fue real”.
Otro: “Tienes que largarte de México. Un escritor en este país no sirve de nada, es peso muerto”.