jueves, abril 05, 2018

Odradek

A los artefactos de toda laya que abundan en la cocina, han sumado ahora, con alegría y sin ápice de turbación, una freidora eléctrica de aire, penúltima muestra de nuestro total y ya irreversible hundimiento como especie. 
El entusiasmo primero llegó, de quién si no, de mi madre, que quedó absolutamente trastornada cuando la vio, dónde si no, a un paso de la Arteria 40, allá en Miami, factoría de todas nuestras paradojas. Tanta lata dio con eso que en pocas semanas ya estaba aquel espantoso ovoide, arrogante en su tiesura ruidosa, sobre la meseta, conectado y reclamando pechugas, papas y atenciones. 
Yo digo que esta máquina diabólica, que haría maldecir a todo espíritu sublime desde el origen de los tiempos (ah, lo que haría de ella León Bloy), es un desafío concreto a mi visión del mundo, pero qué hacer, me toman cansado, con reacciones mermadas ante el triste espectáculo del mundo. ¡Y lo bien que se ha adaptado ese monstrico a la dulzura de M., dueña de las recetas y los tiempos!
Un aparato, una prótesis, otra, que nos separa un poco más de sabores antiguos, nos anula como humanos al negarnos una parte consciente de nuestra naturaleza: la que clama en el desierto por sustancias emanadas de los dioses, como la manteca de puerco, también el crepitar de algunas pieles de mamíferos. Habíamos ganado el universo cuando hace unos días floreció el primer jacinto y antes apareció el helado de sea salt caramel. Pero ya esto es el nuevo y temido gran salto adelante que aterra a una sensibilidad moderadamente conservadora. 
Mi odradek, cuya definición desvela a generaciones. 
Prueba al canto del despeñadero que habitamos, mi crepúsculo. Mi temor mayor es que pronto comience a hablarnos, su aliento aséptico, mas con un insoportable timbre metálico.
Completará entonces su condición de cyborg, uno que me han plantado en primavera fría, con el que deberé convivir.