Neymar es de esos futbolistas que parecen haber pasado de puntillas, con muy caros escarpines, por el negocio de los deportes.
Carletto, zorro viejo, no quiso echarse encima la triste culpa de haberlo dejado en el sótano habiendo fiesta en la terraza. Lo trajo al Mundial, le dio unos minutos como un barman que concede media copa a quien ya no merece ni el agua en botella y lo que se vio en este Mundial de estrellas fue una sombra averiada luciendo un peluquín, unos tatuajes. Sin rodaje, sin una rodilla y algún kilo sobrante.
Para los récords, la máquina implacable, la que tanto da y tanto quita, quiso apuntarle un penalti contra unos vikingos cuando estaba el partido sentenciado. Agarró Neymar la pelota, se peleó con un portero que lo cuqueaba y le anotó, paradiña incluida. Pero todo era atrezzo, demasiado melancólico.
Neymar ganó algo en el fútbol, unas ligas por aquí, alguna Champions por allá, pero uno sabe, quizás él también, que nos quedó a deber.
Hizo mucho dinero y eso le pareció suficiente. No seremos pocos los que recordamos cómo empezó todo este ruido alrededor del que fue la última perla del antiguo semillero brasileño, tan desmejorado hoy: del Santos fichó por el Barsa y aquel presidente acabó en los juzgados.
En el negocio futbolero las cajas registradoras no paran de sonar, pero con Neymar parecía que debían sonar más alto, más fuerte, más seguido. Su traspaso al PSG rompió los mercados y ahí supimos que eso era todo lo que el más talentoso de los últimos jugadores brasileños estaba listo para romper.
Trece años después de su desembarco en Europa, se retira de una selección a la que le dio demasiado poco.
