Los libros de un lector exiliado, aquí otro más.
Los distintos registros de una escritura exiliada, si cabe.
Y aquí, una recomendación, que de mi parte en realidad son siete.
martes, mayo 08, 2018
jueves, mayo 03, 2018
Piglia
El único escritor cubano que Piglia menciona con alguna regularidad es Virgilio Piñera. Me refiero no sólo a los Diarios de Emilio Renzi, cuyo tercer tomo me acompaña en estos días, sino en especial a las múltiples conferencias, intervenciones y entrevistas que pueden verse en internet. Otro podría ser Cabrera Infante, cuya novela Tres tristes tigres y algunos cuentos valoró mucho el primer Piglia, pero no voy a abundar en ello ahora porque me llevaría a otro tipo de exploración y reflexión. Muy esporádicamente en los Diarios de Renzi también son mencionados Padilla, Carpentier y Retamar.
A Piñera lo recuerda sobre todo por haber dirigido el comité de traducción del Ferdydurke. Abundan las muy agudas ideas de Piglia sobre el tema de la relación escritura-traducción-modos de leer, y en ese sentido el trabajo del equipo encabezado por el escritor cubano le sirvió para señalar, entre otros temas, la dificultad que entraña siempre la mediación del traductor en literatura y de que las traducciones, así como las modas lingüísticas y los estilos literarios, envejecen.
De Piñera también incluye una anécdota que cuenta en los Diarios de Renzi. Resulta que cuando Piglia viajó a La Habana por primera vez, segunda mitad de los 60 -no olvidar que su primer conjunto de cuentos, Jaulario, obtuvo una mención en el premio Casa de las Américas en 1967, cuando ganó Benítez Rojo-, Piñera le rogó que salieran a conversar afuera pues lo espiaban, todo estaba lleno de micrófonos. La anécdota parece ser el detonante para la "distancia afectiva", permítanme llamarla así, que a partir de entonces mostró Piglia, siempre tan cerebral, tan hipocondríaco, hacia la revolución cubana, coincidente también con la invasión soviética a Checoslovaquia, apoyada por Fidel Castro.
Su otro nexo con la "cosa cubana" sería la figura de Ernesto Guevara, y hacia ahí va la mirada en esta nota para Diario de Cuba.
sábado, abril 07, 2018
Bibliofilia: Canetti
"No me arrepiento de esas orgías de libros. Me siento como en la época de la expansión para Masa y poder. También entonces todo sucedió por aventuras con libros. En Viena, cuando no tenía dinero, gastaba todo lo que no tenía en libros. En Londres, en los peores momentos, conseguía, contra viento y marea, comprar de vez en cuando libros. Nunca he aprendido nada sistemáticamente, como otra gente, sino por excitaciones súbitas. Siempre empezaban con que mi mirada caía sobre algo que tenía que poseer fuera como fuera. El gesto de coger, la alegría de tirar el dinero por la ventana, el transportarlo a casa o al local más próximo, el contemplar, acariciar, hojear, el guardarlo durante años, el momento de un nuevo descubrimiento cuando las cosas se ponían serias --todo esto es parte de un proceso creativo cuyos detalles secretos desconozco. Pero en mi caso nada sucede de otro modo, y por lo tanto tendré que comprar libros hasta el último instante de mi vida, sobre todo cuando sé con seguridad que nunca los leeré.
"Creo que es también parte de la rebeldía contra la muerte. Nunca quiero saber qué libros entre esos se quedarán sin leer. Hasta el final no está determinado cuáles van a ser. Tengo libertad de elección, puedo elegir en cualquier momento entre todos los libros a mi alrededor, y por ello tengo en mi mano el curso de mi vida."
Apuntes 1973-1984
Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2000, p. 11-12.
jueves, abril 05, 2018
Odradek
A los artefactos de toda laya que abundan en la cocina, han sumado ahora, con alegría y sin ápice de turbación, una freidora eléctrica de aire, penúltima muestra de nuestro total y ya irreversible hundimiento como especie.
El entusiasmo primero llegó, de quién si no, de mi madre, que quedó absolutamente trastornada cuando la vio, dónde si no, a un paso de la Arteria 40, allá en Miami, factoría de todas nuestras paradojas. Tanta lata dio con eso que en pocas semanas ya estaba aquel espantoso ovoide, arrogante en su tiesura ruidosa, sobre la meseta, conectado y reclamando pechugas, papas y atenciones.
Yo digo que esta máquina diabólica, que haría maldecir a todo espíritu sublime desde el origen de los tiempos (ah, lo que haría de ella León Bloy), es un desafío concreto a mi visión del mundo, pero qué hacer, me toman cansado, con reacciones mermadas ante el triste espectáculo del mundo. ¡Y lo bien que se ha adaptado ese monstrico a la dulzura de M., dueña de las recetas y los tiempos!
Un aparato, una prótesis, otra, que nos separa un poco más de sabores antiguos, nos anula como humanos al negarnos una parte consciente de nuestra naturaleza: la que clama en el desierto por sustancias emanadas de los dioses, como la manteca de puerco, también el crepitar de algunas pieles de mamíferos. Habíamos ganado el universo cuando hace unos días floreció el primer jacinto y antes apareció el helado de sea salt caramel. Pero ya esto es el nuevo y temido gran salto adelante que aterra a una sensibilidad moderadamente conservadora.
Mi odradek, cuya definición desvela a generaciones.
Prueba al canto del despeñadero que habitamos, mi crepúsculo. Mi temor mayor es que pronto comience a hablarnos, su aliento aséptico, mas con un insoportable timbre metálico.
Completará entonces su condición de cyborg, uno que me han plantado en primavera fría, con el que deberé convivir.
sábado, febrero 24, 2018
Adiós a todo eso
L se suicidó el viernes 26 de enero por
la mañana. Lo encontraron todavía vivo, ya sin oxígeno en su cerebro.
Y estuvo vivo, si podemos decirlo así, conectado a las máquinas hasta el martes
30. Todavía un mes después tenía su número entre mis favoritos en el teléfono, la foto en la que estamos abrazados
en el comedor de su casa, listos para ir a un concierto de Paquito de Rivera.
L no resistió estar un instante más
entre nosotros y de alguna manera todos deberíamos sentirnos responsables por
eso, incluyendo por supuesto a sus amigos. Pero es estúpido pensar de ese modo.
Qué mano lo hubiera retenido si su hija pequeña no pudo. Todavía no lo puedo
pensar con claridad. La vida se nos vuelve del todo ilegible, esto lo dije en
otro lado cuando las máquinas lo mantenían respirando artificialmente. La
muerte así, de alguien como él, nos trastorna, no nos permite ver ni entender
nada con certeza.
El acto suicida elimina toda interrogante: el vacío que deja
supera cualquier deseo de querer saber.
Es el final, un adiós a todo eso.
Supongo que tendrá por fuerza que
llegar ese día en el que dejemos de preguntarnos de una vez cómo ha podido
ocurrir una muerte así. Y aún entonces seguiremos sin entender
nada.
La sensación de que no es el final de
lo terrible sino apenas el comienzo de una estación gélida que nos va a dejar
marcados para siempre.
La vida es el invierno, dijo Bernhard.
II
M y yo hicimos un viaje largo y
tristísimo el mismo día en el que se decidió desconectarlo de las máquinas, su
corazón todavía latiendo, pero su cerebro ya sin funcionar. Todo lo que vimos
en la que fue su casa era su ausencia, también la nuestra futura en un lugar tan frecuentado y querido para nosotros desde que llegamos allí por primera vez. Vimos un vacío tan enorme
que los abrazos a Y, su mujer, y el llanto de todos frente a ella, a veces
fuerte, a veces deshecha, no podía abarcar.
Ese día escribí una breve nota que
despertó la reacción un tanto airada de un amigo suyo. No conocía a esa
persona ni L me había hablado nunca de él. Me recordaba ese amigo que él y otro
más eran los únicos amigos verdaderos de L y que yo solamente buscaba el goce
fácil de algunos likes, decía también que mi nota era demasiado poética (una
acusación de poeta o intelectual justo ahora, como recuerda Barthes en una nota
al pie en su Diario de duelo) y que
ahora sólo debíamos ayudar a la familia de L. Después intentaba rectificar en
un segundo mensaje, donde me dejó la impresión de que con el primero no había
reparado en el dolor que M y yo sentíamos, además del desconcierto cuando no
somos capaces de comprender algo tan terrible. No respondí sus mensajes porque,
en verdad, no tenía ánimo para interactuar con nadie y porque nadie tiene
derecho a cuestionar el dolor del otro; todo lo imaginamos a partir de la
caída, dice Kafka en alguna parte.
Pero sí gracias a eso recordé el
universo tan plural de las amistades de L, algunas comunes, la mayoría no.
Algunas respondían a su etapa habanera, donde había colaborado como periodista
independiente con el poeta Raúl Rivero. L casi no hablaba, no conmigo, de esa
etapa de su vida. Era como si no le diera demasiada importancia o la
considerara parte de un pasado en el que no había necesidad de insistir, quizás
madurar es eso. Lo cierto es que nuestras conversaciones, y fueron muchas,
giraron sobre los temas más diversos, pero siempre se fraguaron en torno a la
literatura. Compartíamos manías librescas y creo que L era un lector bastante
disciplinado, con más libros en inglés que en español, pero siempre pensé que
como escritores y lectores estábamos en las antípodas y que también por eso nos
habíamos hecho grandes amigos. L insistía en sus historias de costumbres
criollas, pueblerinas, de situaciones graciosas y personajes bordes y enloquecidos;
su percepción de la literatura difería de la mía y continuamente hacíamos
chistes sobre el tema. Lo que no era comprensible para él no merecía la pena y
yo le repetía siempre lo mismo, que el acto de leer tenía que ir más allá de
toda comprensión, y creo que por eso no me consideraba un lector, un destinatario
de sus cuentos.
Entre los comentarios a esa nota, había
algunos de sus ex alumnos y otros conocidos. No sé a derechas cómo llegaron a
mi muro, sospecho que se corrió la voz de su muerte y pusieron su nombre en el
buscador. “Rest easy, Mr. E”, así lo despedían. La frase corta y ligera, en un
momento de tanta gravedad, no tiene sentido en su traslación literal al
español. Que el descanso le sea leve, podríamos aventurar la traducción.
Pero no, no hay ninguna levedad en nada
de esto. Es como si uno se dejara llevar por el morbo idiota de querer saber si
hay un secreto supremo detrás del suicidio de L. O corroborar que tenían razón
sobre el suicidio en Inglaterra o Noruega: es el invierno, siempre húmedo,
nebuloso y triste, hasta en las llanuras de Texas es así. Por no mencionar a
quienes hacen de las interpretaciones morales del suicidio un nuevo caso para
los inspectores del fundamentalismo. Ninguna levedad, cero likes.
III
No voy a tener un lugar donde ir a
hablarles a los restos de mi amigo porque de un tiempo a hoy lo que se estila
es la cremación, que por todo resto deja cenizas. Y muchas veces esos polvos
tienen como destino el mar o un descampado o la ladera de una montaña o alguna
rivera asociada a la infancia, mil sitios probables. Sumar a eso la condición
del exiliado, nadando siempre en aguas no conocidas, habitando un no lugar, enseñando una lengua en la que nadie te lee.
Todo conspira. Mi buen amigo no existe
más y su lugar entre nosotros ha cedido paso a un vacío y a una pregunta que no
encuentra respuesta. En estos tiempos nadie piensa mucho en un lugar asociado
al reposo de quien nos ha dejado y a donde podamos acudir a
recordarlo y hablarle. Un becqueriano lugar “donde habite el olvido”, a la
intemperie de todas nuestras soledades, lejos ya de las preguntas y los
reproches. Nuestro tránsito por la vida puede ser precario, o no, pero tras
ella, tras la muerte, reconforta un poco saber que podemos reencontrarnos con
nuestros propios pensamientos dedicados al amigo que ha partido, al que no
pudimos entender ni mucho menos ayudar para que no se matara.
Uno tiende a veces a creer que una
persona que deja de fumarse un tabaco cada viernes porque le acelera la caída del
pelo no piensa en matarse.
Que tampoco se mata quien no se toma un
medicamento para no sufrir sus efectos secundarios.
O quien tiene una hija de ocho años que
lo adora, que tiene en su padre su gran vehículo de relación con el mundo.
Y es falso, es todo mentira.
Sí se mata.
Mi amigo L lo hizo.
De ahí la magnitud de su tragedia y también
de nuestra amputación, la incapacidad para comprender lo que ha hecho.
IV
El suicidio de L me ha entristecido en
lo más profundo y me veo como un mutilado que no piensa más que en la
voracidad omnipresente y atroz de la muerte. Es resultado, sobre todo, me digo,
del absurdo de su partida, el imperceptible susurro del que muere frente a la
algarabía del estar vivo.
Como si en cada piedra avistada en el
camino el fantasma de Lorca nos recordara lo lejos que está Dios de nosotros.
Tras la muerte de un ser querido, amigo
entrañable, su voz y su recuerdo quedan como suspendidos, como gravitando, y su
nombre ya no lo pronunciamos, ya no podemos, pues es poco menos que la
confirmación de nuestra culpa y nuestra fugacidad, y la distancia que se impone
entre su oscuridad y la nuestra.
Sin embargo, creo, con Camus, que
matarse es confesar, dejarnos saber que la vida lo aniquiló, lo sobrepasó. Ese
amigo del que habla Camus en El mito de Sísifo pude ser yo, que recibí sus
mensajes sin interpretar que me (nos) estaba pidiendo ayuda y es muy injusto
hoy culparlo de haber destrozado, con su partida, la vida de los otros si no
nos atrevemos a reconocer nuestra propia responsabilidad. L enfermó de algo tan
oscuro e incomprensible como su suicidio y no encontró otro remedio. Todavía un mes después de su muerte
recibo llamadas para saber si algo nuevo ha salido a la luz y qué puedo
responder si ya todo es invierno y silencio, y francamente de qué nos sirve.
Hay desde luego una mínima esperanza de
reencuentro con los que han partido, o al menos eso leemos en aquella carta que
Lezama le envía a María Zambrano cuando muere Araceli y él la imagina
devastada, sin fuerzas. Lezama quiere que ella piense, de paso nosotros con
ella, que hay un retorno ya sea gaseoso, y que eso nos consuela porque “nacemos
antes de nacer y morimos antes de morir”. Lezama escribe eso en el peor momento
de su biografía, ya anciano y con pocos lectores, escasos amigos, ningún
reconocimiento.
No nos fue dado saber si hay
reencuentro. Pero sí podemos acaso reflexionar aunque sea un poco sobre nuestra
propia pobre condición humana. No vivimos sino deseando la muerte. Es absurdo
que la vida nos haga acumular años: nada está justificado sin la resistencia a
la finitud. Por eso en realidad no llegamos a entender actos suicidas que de
otro modo nos pondrían en disyuntivas demasiado severas ante nuestra falta de
argumentos y herramientas para entender el problema.
Una descripción de la infelicidad
conlleva la posibilidad de su superación, nos dice Sebald, pero es muy probable
que sólo lo entendamos en el sentido del que habla Lezama en esa carta adulta,
de que la muerte termina engendrándonos a todos de nuevo, aunque sea en un
espacio indefinible como la memoria, pues los seres que amamos para nosotros
nunca están demasiado lejos.
El secreto del que mi amigo no me hablaba
era éste.
martes, enero 23, 2018
Hienas
Salgo de aquel lugar, lo diría Bunin, “como si acabaras de contraer una enfermedad grave”, preguntándome con cuántos habrán hecho lo mismo, cuántos habrán accedido a colaborar y de qué se trata en realidad, en términos prácticos, esa colaboración, qué esperaban de mí. Y con la entera certeza de que hice lo correcto al no intentar ningún tipo de debate o diálogo con quienes se muestran resistentes a toda crítica, impermeables a toda muerte.
No sé si fui otro después de aquella reunión. Mi particular caverna de los horrores. Es probable que no.
Era como si la ciudad, igual que aquella Cartago de Cayo Graco, se hubiera ido llenando de un tipo de animal no necesariamente extraño, pero que no eran perros, los perros del Capitolio, sino hienas.
En Hypermedia Magazine.
No sé si fui otro después de aquella reunión. Mi particular caverna de los horrores. Es probable que no.
Era como si la ciudad, igual que aquella Cartago de Cayo Graco, se hubiera ido llenando de un tipo de animal no necesariamente extraño, pero que no eran perros, los perros del Capitolio, sino hienas.
En Hypermedia Magazine.
martes, septiembre 26, 2017
Legna
Legna Rodríguez Iglesias, en (al menos) un libro anterior, describía con cierto nivel de detalle un caso de leucemia, dos personajes establecían un nexo a partir de una enfermedad terminal. Esto es: La enfermedad como nomos, un ente al margen de, digamos, toda moral. La enfermedad como la roca inexplorada del joyceano mar de la murmuria.
Mis notas a partir de la lectura de Mi novia preferida fue un bulldog francés, un libro de Legna Rodríguez Iglesias. En Hypermedia Magazine.
domingo, septiembre 10, 2017
Lecturas
Es septiembre y llegué a veintiséis libros leídos en lo que va de 2017. Me metí de nuevo en eso del Reading Challenge de Goodreads. Y sin saber muy bien por qué. Pero lo volvería a hacer.
Siempre estoy con eso de la lectura y el cómo leemos. Hubo un verano cubano de los noventas en los que me leí como cincuenta libros en menos de tres meses. Récord personal entre apagones, lo cual tiene su mérito. Ahora me pongo cincuenta como meta para todo el año y en septiembre apenas he llegado a veintiséis. Pero son sólo los que he terminado.
Hay libros que se consultan, otros que se leen a saltos, otros que no te atrapan y deben esperar por una segunda oportunidad, si llega. En el apartado de los que tienen que ver con lo que estás escribiendo hay una columna que crece.
Yo creo que una biblioteca privada, una de más de mil doscientos volúmenes (trato poco a poco de llevar un catálogo, no sé si lo conseguiré, es trabajo arduo), como la que tengo ahora, condiciona mi modo de leer, demasiadas voces, demasiadas deudas, demasiada compañía. Casi todas las semanas me llegan nuevos libros, algunos los devoro, otros pasan a la lista de espera. No hay mucho método. ¿Pero puede en propiedad haberlo?
Saco bastante provecho de las bibliotecas universitarias y su sistema de préstamo, que es muy eficiente. Pero éstas proveen otro tipo de lectura: libros que están descatalogados, que no se han vuelto a imprimir, que guardan alguna relación con lo que estás trabajando ahora y no están a la venta, o no te interesa conservarlos porque tu relación con ellos es efímera. Esos deberían tener prioridad y la han tenido.
Pero a decir verdad nunca fui mucho de bibliotecas públicas, sólo un poco ahora. He creído siempre en la posibilidad (o no sé si necesidad) de vivir rodeado de libros, o ni siquiera de modo tan tajante o definitorio, sencillamente los he visto como incorporados a un mundo que no fluye igual sin ellos.
domingo, junio 11, 2017
Universidades
Si las universidades públicas norteamericanas no conocen que es una práctica muy común en Cuba la expulsión de estudiantes y profesores no simpatizantes con el régimen, lo menos que podría decirse es que están desinformadas. Pero si lo conocen y aun así insisten en firmar convenios de colaboración con esas instituciones, deberán esperar la repulsa y la crítica por utilizar fondos del contribuyente para someter a los estudiantes a una agenda tan distante de un legítimo "intercambio cultural" y tan próximo a los dictados de la praxis política del Gobierno cubano.
Seguir leyendo en Diario de Cuba.
Disponible también en inglés.
Seguir leyendo en Diario de Cuba.
Disponible también en inglés.
viernes, junio 09, 2017
Estanque
Fuimos a tirar piedras a un estanque
cerca de casa, menos de media milla a pie. Abraham en bicicleta, autos pasando
lentamente, y en mi teléfono aparecían notificaciones. Un amigo se retrata en
Stamford Bridge. Otro pide una receta. Y otro lamente la muerte de no sé quién
en Cuba.
Oh, Cuba, siempre Cuba.
Yo no conocí a este Rodríguez que acaba
de morir en La Habana. Mas lo recuerdo de la horrenda televisión cubana
hablando de libros sin saber hablar que es saber comunicar.
Sin embargo, lo tengo por típico
escritorzuelo cautivo, crítico duro de gente mucho más digna que él, como la
poeta Reina María Rodríguez. Lo tengo por alguien que no supo cómo ser libre y
mucho menos supo, por tanto, cómo debimos los cubanos luchar para ser menos
cautivos.
Algunos que lo conocieron –o fueron sus
alumnos, que según cuentan también se dio a perpetrar clases–, lamentan su
deceso como si de un gran intelectual se tratara. Cada cual porta su
pequeñísima bolsa de historias menores. Que si escribió una novela con Wichy
Nogueras. Que si era amigo de aquel trovador, reconvertido en otro ente
miserable por obra y desgracia de una misma devoción por caudillos caribeños.
Si se trata de ser libres, de creerse en verdad libres, no habrá nada que lamentar entonces.
Nada
que lamentar.
Vayamos a por esas lecturas.
Y luego a la mesa y desde luego a la
cama.
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